Crisis en la monarquía hachemita

Intrigas palaciegas en Jordania

Detrás de las noticias que llegan de Ammán podría estar la mano de Mohamed bin Salman, responsable de buena parte de los movimientos desestabilizadores registrados en los últimos años en la región

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El rey Abdalá II de Jordania.

El rey Abdalá II de Jordania. / Mohammad Abú Ghosh / Zuma Press

Jordania, hasta ahora considerado un remanso de paz en un Oriente Próximo sumido en múltiples conflictos, ha vivido una semana que no olvidará fácilmente. El antiguo príncipe heredero Hamza ha sido puesto bajo arresto domiciliario y, tras numerosas detenciones, el rey Abdalá II ha declarado que “la sedición se ha cortado de raíz”, lo que parece sugerir la existencia de un plan para desestabilizar el reino.

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Las desavenencias en el seno de la monarquía no podrían haber llegado en peor momento. Jordania sufre una aguda crisis como resultado de la pandemia de covid-19 que, hasta el momento, se ha saldado con 7.500 muertes. El pasado año, la economía retrocedió un 3% y el desempleo se disparó hasta el 25%, lo que ha acrecentado el malestar de la población con las élites dirigentes, a las que se responsabiliza de todas las plagas que sufre el país. En los últimos meses se han desarrollado multitudinarias movilizaciones para exigir reformas políticas y económicas, que han sido respondidas con un recorte de las libertades y una campaña de detenciones entre los actores de la sociedad civil.

La erosión de la monarquía hachemita es evidente y representa una amenaza para el futuro de uno de los países más estables de la región que, al contrario que Siria e Irak, dos de sus vecinos, no se ha visto sacudido por la violencia sectaria ni por los grupos yihadistas. El rey Abdalá II no solo ha visto como su popularidad se ha resentido, sino que es plenamente consciente de que tiene que maniobrar en un campo de minas en el que las principales potencias regionales intentan debilitar su liderazgo, justo ahora cuando el reino se apresta a celebrar el primer centenario de su creación.

Desde el estallido de las Primaveras Árabes, Oriente Próximo vive inmerso en un proceso de polarización que se ha traducido en el establecimiento de una alianza tácita entre Israel, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos que, en otros tiempos, podría haberse considerado contra natura. Estos tres países coinciden en la necesidad de plantar cara al expansionismo iraní y sus satélites, en particular el régimen sirio y las milicias libanesas de Hezbolá y yemeníes de Ansaralá, pero también frenar al movimiento de los Hermanos Musulmanes. Los príncipes herederos saudí y emiratí, Mohamed Bin Salman y Mohamed Bin Zayed, son firmes defensores de la plena normalización entre Israel y el mundo árabe, aunque sea a costa de sacrificar los derechos nacionales palestinos, ya que interpretan que reforzaría su liderazgo.

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Es aquí donde parecen encajar las piezas del puzle, ya que el rey Abdalá II se ha opuesto con firmeza a los intentos de liquidar la cuestión palestina por parte del expresidente Donald Trump y, con ello, se ha convertido en enemigo público del primer ministro israelí Binyamin Netanyahu. De ahí que tanto Riad como Abu Dhabi optaran recientemente por cortar las ayudas económicas al reino hachemita, justo en el momento en el que más las necesitaba para hacer frente a la crisis provocada por la pandemia.

Detrás de las intrigas palaciegas jordanas podría estar, una vez más, la mano de Mohamed bin Salman, responsable de buena parte de los movimientos desestabilizadores registrados en los últimos años en la región, incluidas la intervención militar en Yemen en 2015 y el bloqueo de Qatar en 2017. De hecho, uno de los primeros detenidos por las autoridades jordanas fue precisamente Basem Awadallah, ex ministro de Finanzas jordano y en la actualidad uno de los hombres de confianza del príncipe heredero saudí.

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