Pulso lingüístico

El genocidio de Koiné

Cuesta creer que tratar las corrientes migratorias como partícipes de una “solución final” del catalán sea el mejor modo de defender la lengua

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Presentación del manifiesto del Grupo Koiné en el paraninfo de la UB, en marzo de 2016.

Presentación del manifiesto del Grupo Koiné en el paraninfo de la UB, en marzo de 2016. / CARLOS MONTAÑÉS

Cinco años después del ‘manifiesto Koiné’, el documento en el que se defendía el catalán como única lengua oficial de Catalunya, algunos de sus impulsores se han reafirmado en su tesis, también en la suposición de que la dictadura franquista quiso “utilizar y estimular las corrientes migratorias como una herramienta para el genocidio lingüístico y cultural por la vía de la ‘minorización’ demográfica de los catalanes en nuestro propio país”. Apela Koiné a la utilización política que otras dictaduras han hecho de las migraciones. Cierto. Otra cosa es mirar nuestro pasado y ver peones del franquismo en esas multitudes de desesperados que huían del hambre o de la persecución política del propio franquismo. Una suerte de quinta columna del régimen, un multitudinario ejército involuntario que conseguiría asfixiar y reducir la influencia de la población autóctona debilitando la lengua y la cultura propia. Si los inmigrantes venían a castellanizar Catalunya, ¿a qué iban a Madrid? 

Antes de entrar en consideraciones políticas, vale la pena repasar algunos datos de la migración interior española. ¿Fue Catalunya el punto prioritario de acogida durante el franquismo? ¿Fue la dictadura el detonante de las migraciones?

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En ‘La aportación murciana al crecimiento poblacional de Barcelona’, del catedrático de geografía Joan Vilà i Valentí, hay algunas cifras relevantes. La primera gran oleada migratoria peninsular la sitúa el autor a partir de los años 80 del siglo XIX. Cerca de unos 150.000 inmigrantes llegaron atraídos por la industria barcelonesa y por la Exposición Universal de 1888. A finales de ese siglo, Barcelona rebasó el medio millón de habitantes. En 1897, casi el 30% de la población de la ciudad había nacido fuera de Catalunya. La segunda oleada se inició en los años de la primera guerra mundial y culminó con otra exposición, la Internacional de 1929. Se calcula que, en 15 años, Barcelona acogió a unos 250.000 inmigrantes. Según el censo de 1930, uno de cada tres barceloneses era un inmigrante llegado de fuera de Catalunya. El 13,2% provenían de València y Murcia. Un 8 %, de Aragón. Hacia mediados del siglo XX llegaría la tercera ola migratoria. Entre 1947 y 1958, Barcelona recibió 243.000 inmigrantes. El 28% de ellos eran andaluces, mayoritariamente de las provincias de Granada y Almería.  

El trabajo académico de Francisco Andrés Burbano Trimiño ‘Las migraciones internas durante el franquismo y sus efectos sociales: el caso de Barcelona’ recuerda que en la década de los 60 Madrid encabezó el ránking de acogida (701.105 migrantes), seguida inmediatamente de Barcelona (660.274) y, a más distancia, Valencia (209. 467), Vizcaya (161.127) y Alicante (128.632). El crecimiento económico del desarrollismo fue clave en la gran llamada migratoria. 

Los datos son claros, ni la migración llegó con el franquismo ni Catalunya fue la principal receptora. Y, más allá de las cifras, no está de más recordar que el castellano no es una lengua ajena a Catalunya. Como bien recuerda el escritor y periodista Sergio Vila-Sanjuán en su libro ‘Otra Cataluña. Seis siglos de cultura catalana en castellano’ (Destino, 2018), la cultura catalana no puede entenderse sin su tradición en castellano.  

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Aunque en la reafirmación del ‘manifiesto Koiné' sus impulsores proclaman su intención de no criminalizar la inmigración, resulta muy difícil no sentirse despreciado al verse reducido a “una herramienta para el genocidio lingüístico y cultural” del catalán. 

En las memorias familiares de muchos catalanes, la migración forzada de sus antepasados está repleta de historias de miseria y sacrificio. Cuando no de víctimas represaliadas de la guerra civil y del franquismo. Mil y una anécdotas que, a veces, hablan de la humillación de sentirse discriminados y, otras, del orgullo de haber contribuido al desarrollo de la tierra de acogida. En las trincheras del 19 de julio de 1936, combatiendo contra el golpe de Estado, también se hablaba en castellano. Igual que en la lucha clandestina contra el franquismo. También en la reclamación de la inmersión lingüística. Cuesta creer que tratar las corrientes migratorias como partícipes de una “solución final” del catalán sea el mejor modo de defender la lengua.