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El pararrayos de la reina

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Isabel II y Felipe de Edimburgo en una celebración en junio del 2012.

Isabel II y Felipe de Edimburgo en una celebración en junio del 2012. / AFP / JOHN STILLWELL

Siempre unos pasos por detrás, pero con la lengua bien suelta. Este podría ser el retrato de Felipe de Edimburgo. Sin embargo, la realidad siempre es más compleja y, en su caso, sigue siendo el miembro más desconocido de la familia real británica de la que parece saberse todo o casi. ¿Quién diría que este advenedizo llegado al palacio de Buckingham con escasas libras esterlinas en el bolsillo tras haber vivido de las ayudas de sus familiares durante la infancia y la juventud, y después de especializarse en la inauguración de placas y monumentos, encontraría solaz en la poesía y la teología, ciencia esta última de la que, al decir de varios clérigos, sabía un montón?

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Seguramente al príncipe consorte no le disgustaba que le calificaran de bufón de la reina. Bufón, no en el sentido de entretener a su esposa o a la corte, sino en el de desviar con sus gracietas y salidas de tono la excesiva atención hacia ella. Dando munición a los escasos republicanos, pero sobre todo a los británicos más izquierdistas con sus comentarios siempre al límite de la corrección política y muchas veces traspasándolo, se convertía en un pararrayos que absorbía las críticas a la institución monárquica poniendo en valor a la reina y a su papel al frente del Estado y de la casa de Windsor. Desde unos pasos atrás era el escudo protector de Isabel II. Al igual que su esposa, era un gran profesional.

Después de unos inicios en los que fue aceptado a regañadientes sobre todo por la prensa popular, consiguió que se le perdonaran todas las ocurrencias. No obstante, alguna vez tropezaba con la horma de su zapato como ocurrió hace años en un encuentro con periodistas cuando uno de ellos osó rebatir un comentario xenófobo que el marido de la reina acababa de hacer. El príncipe reaccionó enfadado preguntándose cómo habían dejado entrar a cualquiera en aquella reunión. El periodista no se calló. Le respondió en un griego perfecto. Ambos, el príncipe y el reportero, eran griegos de nacimiento y ambos habían encontrado buen acomodo en el Reino Unido.

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