Carracas

Memoria de otros días santos

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Memoria de otros días santos

Algunos elegimos quedarnos en casa. No viajar. Disfrutar de la ciudad en calma. Descuidarnos en el reposo y salir a caminar, callejeando, por barrios no habituales. A ello me entrego, indolente, la tarde de Viernes Santo. Y lo que no pretendía ser más que un vagara tiempo perdido se convierte –la cabeza siempre más diligente que las piernas– en un revelador viaje al pasado. 

Elijo perderme por el Barri Gótic. Dejo atrás la izquierda del Eixample, enfilo el Portal de l’Àngel y desemboco en la Catedral. Deambulo arriba y abajo, zigzagueando de calle en calle, sin orden previsto. Me dejo llevar. Olores y colores dibujan una red de idas y venidas capaces de marear al mejor Carvalho. Poca gente a esta hora, entre dos luces. El silencio rebota en las fachadas. Desde la calle del Bisbe, un rápido quiebro de cintura me lleva alas del Call i de Banys Nous. El antiguo barrio judío. Y allí estalla el primer flash: un vértigo que a modo de mosaico abre todas las pantallas del recuerdo. Me veo a mi mismo, otra tarde de Viernes Santo, allá por los años 50 del siglo ya pasado, en la iglesia de Mollet, con mis padres, hermanos, amigos y conocidos, en mitad de una ceremonia que recuerdo solemne. Todos llevan –llevamos– en la mano un extraño objeto de madera. Una carraca. En un momento determinado, leído el salmo de rigor, se apagan las luces y empieza lo que en mi memoria se manifiesta como la tormenta del siglo. Suenan al tiempo, revueltas, las carracas. Y con los pies y la mano que queda libre, todos golpean –golpeamos– el suelo, los bancos, los reclinatorios. Risas y bullicio de los niños. Reproches –¡chitón!–, de los mayores. Un estruendo que dura y dura, hasta que vuelve la luz. Cesan, entonces, las carracas, los fieles se santigua ny todos salen –salimos– del templo con el deber cumplido. 

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A esta ceremonia –¿festiva? ¿justiciera?¿fanática?– se la llamaba «matar jueus». Por increíble que parezca hubo un tiempo en que la tarde de Viernes Santo era la tarde «d’anar a matar jueus». De matar a los judíos. Salgo del recuerdo preguntándome cómo es posible que los niños de entonces hayamos llegado a ser mayores más o menos normales (cada uno su historia, su poso, su circunstancia). Y me respondo que es un milagro. 

Queda poco para el toque de queda. Debo estar en casa a las diez. «¡Mira, como yo de adolescente!», me dice, puñetero, el niño de la carraca. Paro un taxi en Colón. El conductor enfila el Paralelo. Bares y restaurantes cerrados. Algún teatro todavía abierto. Las pantallas LED que anuncian los espectáculos de ahora me devuelven el recuerdo de la artesana cartelería que el Sábado de Gloria de entonces (en los años 50, el Señor resucitaba ya el sábado por la mañana, por lo que esa noche era un estallido de bailes, cines y teatros) anunciaba sus grandes estrenos: 'Escuela de vampiresas', '¡Ay, mamá, qué nochecita!', 'La sota de oros', 'Clementina no rellisquis'... Pienso, de nuevo, en la relación causa/efecto. Y me reafirmo en lo del milagro.

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