La hoguera

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Kirk Douglas, en ’Espartaco’.

Kirk Douglas, en ’Espartaco’.

A no ser que el ateo viva en una zona con procesiones, lo cual es difícil este año, su método para enterarse de que ha llegado la Semana Santa es poner la televisión por la tarde en cualquier canal. Verá desfilar las películas de romanos, la mayor parte con más Cleopatra que Cristo, debido a una perversión folclórico-catódica nuestra. ¿De qué forma terminamos uniendo en España la efeméride de la muerte del Señor y aquella escena mítica de 'Aterriza como puedas' en la que el piloto le preguntaba a un niño si le gustan las saunas y las películas de romanos? Es un misterio. Pero sobre el misterio se asienta, precisamente, el catolicismo.

Como me atufa el cuerazo y las sandalias, y como tengo la desgracia de no creer en Dios ni en la religión, paso la Semana Santa con la tele muerta y leo a Juan Manuel de Prada, que es una forma espléndida de llenar de contenido el vacío que deja la ausencia de Dios en el corazón. Una biblioteca en el oasis. Literatura para la fe es su último trabajo. Recopila sesenta críticas muy depradianas a obras de autores unidos por su catolicismo. Son ensayos que no ensayan otra cosa que la resistencia y la profundidad de la fe de Juan Manuel, que a falta de milagros o revelaciones místicas se hidrata con la literatura.

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¿Son divinas o humanas las obras de los escritores católicos? De cualquier manera, muchas veces son poco transitadas. Lo peor que ha dejado en España la losa del nacionalcatolicismo educativo no fueron los pellizcos de monja ni el florido pensil, sino el asco instintivo que una generación entera de progres -la de mis padres- le cogió a cualquier cosa que oliera a cirio, incluidos los escritores católicos. Un profesor de filosofía nos llegó a decir en clase -perdónalo, Señor, pues tuvo que asistir a las Escuelas Nacionales- que no existía ningún pensador de relieve en los últimos doscientos años que hubiera sido católico.

A tan orgullosamente ignorante y freudianamente resentida declaración se oponen C.S. Lewis, G.K. Chesterton, Flannery O'Connor, Leonard Castellani, Leon Bloy, Gustave Thibon y tantos otros autores hollados por la pluma del baracaldés en este libro, además del propio Juan Manuel de Prada, cuya existencia en el páramo cultural hispánico no sé si es obra y gracia de Dios, pero de cualquier manera es muy de agradecer. Su libro es una alternativa espléndida a los planos de gladiadores sudorosos que amenazan las pantallas.

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