El tablero catalán

El 'efecto tóxico'

Las palabras –ahora la amnistía y la autodeterminación como condiciones previas a todo consenso- pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico

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Pere Aragonès, el candidato de ERC, con unos diputados de JxCat en primer plano

Pere Aragonès, el candidato de ERC, con unos diputados de JxCat en primer plano / Ferran Nadeu

En términos tácticos, el primer movimiento de la nueva legislatura catalana fue el mate del pastor: ERC propició la elección de Laura Borràs como presidenta del Parlament sin tener amarrado el respaldo de JxCat a Pere Aragonès como presidente de la Generalitat. La abstención de los posconvergentes en la doble sesión de investidura, con el telón de fondo de la bicefalia que encarnan el republicanismo y el legitimismo de Waterloo, evidencia la voluntad de JxCat de devaluar la función del presidente como ha venido devaluando el papel de Aragonès como “vicepresidente en sustitución de la presidencia de la Generalitat” (sic).

En términos estratégicos, Aragonès resultará elegido en tiempo de descuento –otras elecciones pasarían factura a JxCat–, pero su mandato será deudor de una triple dependencia: del aval de la CUP, una fuerza antisistema que le impone el peaje de una moción de confianza a mitad de la legislatura; de Carles Puigdemont y de su Consell per la República, que liderará de puertas afuera la “internacionalización del conflicto” mientras JxCat seguirá poniendo palos a las ruedas de puertas adentro; y de la dependencia orgánica de Oriol Junqueras.

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Este último factor ha sido determinante para restar margen de maniobra al candidato de ERC. Junqueras, al día siguiente de las elecciones del 14-F, cerró la puerta a una apertura táctica de Pere Aragonès en dirección a Salvador Illa al afirmar que Esquerra y el PSC “son las dos fuerzas más contrapuestas del Parlament”. ¿Más antagónicas que con Vox?, cabría preguntarse retóricamente. Incluso dando por sentada la voluntad de ERC de reeditar un gobierno en clave independentista, un amago de negociación con el PSC hubiese encendido todas las alarmas en JxCat. Aritméticamente existen dos mayorías que suman 74 escaños (6 más que la mayoría absoluta): ERC-JxCat-CUP y PSC-ERC-ECP.

Desde esta óptica, los primeros compases del discurso de investidura de Pere Aragonès incorporaron acordes maragallianos. El candidato tiró del “hilo rojo” del ovillo del republicanismo incorporando nombres del catalanismo federal, de la Unió Socialista de Catalunya, del PSUC, del Reagrupament e incluso del PSC: Almirall, Campalans, Pallach, Candel, Benet, Montserrat Roig, Maria Aurèlia Capmany... La música, sin embargo, quedó truncada por la letra de su discurso: procesismo sin sumisiones ni tutelas del legitimismo de JxCat.

Aragonés sintetizó su hoja de ruta en la segunda sesión de investidura: unidad del independentismo para avanzar hacia la República catalana en el marco de un Acord Nacional per l’Amnistia i el Dret a l’Autodeterminació. El portavoz de ERC, Sergi Sabrià, fue más taxativo: aceptó el “embate democrático de ruptura con el Estado” de la CUP y sintetizó el margen de maniobra: “En este país, el consenso es la amnistía y la autodeterminación”. Estas son ahora las dos palabras mágicas. “No se va lejos sobre la base de una quimera”, alertó Salvador Illa, retomando un discurso de Pasqual Maragall del 2005.

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Sí, el binomio “amnistía-autodeterminación” sustituye al del “derecho a decidir-principio democrático”. Un sector de la intelectualidad y de la academia ya lo ha comprado, como lo compró entonces. El relato sigue siendo perverso. En el plano penal, la amnistía no solo es constitucionalmente inviable, sino que puede torpedear la vía de los indultos y de la reforma del Código Penal. Y, en el plano político, otro referéndum nos abocaría a un nuevo ejercicio de democracia ritual, en clave binaria, de blanco y negro. Ya conocemos los costes y el resultado: una Catalunya empatada consigo misma.

La alternativa sería un ejercicio de democracia deliberativa –el instrumento para administrar la pluralidad política y la complejidad social– que fuera capaz de vehicular una propuesta que pudiera ser refrendada por una amplia mayoría de la ciudadanía (empezando por los dos tercios del Parlament que exige la reforma del Estatut). Mientras tanto, seguiremos prisioneros de las palabras: ahora la amnistía y la autodeterminación como condiciones previas a todo consenso. Las palabras, escribió el filólogo Victor Klemperer, pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: “Uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno y, al cabo de un tiempo, se produce el efecto tóxico”. Y en ello estamos.