El debate de investidura

El optimismo recalcitrante de JxCat

Se mire como se mire, la situación es un desastre, y más para Junts, que ha perdido la hegemonía dentro de la mayoría del Parlament y no está en condiciones de trazar un camino

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La diputada de JxCat Gemma Geis, en la segunda sesión del debate de investidura de Pere Aragonès.

La diputada de JxCat Gemma Geis, en la segunda sesión del debate de investidura de Pere Aragonès. / Efe / Quique García

Tal vez las cosas irían mejor en Catalunya si la autoridad lingüística ampliara, actualizara o precisara el significado de ‘recalcitrar’. Quien recalcitra no solo se resiste a obedecer sino sobre todo a cooperar o mantener una actitud disciplinada. También es recalcitrante quien se empeña en un comportamiento o unas ideas equivocadas o quien se mantiene firme e insiste sin tener en cuenta el contexto, las consecuencias y siquiera la propia conveniencia. El error de los portavoces de JxCat se fundamenta en un optimismo inamovible, ajeno a las circunstancias, lejos de todo, en una palabra, recalcitrante.

Tanto da que el independentismo haya perdido casi un tercio de sus votos en poco más de tres años. Da lo mismo que en cifras absolutas el cómputo de la pérdida ronde los 600.000 votos. Es igual que haya sido superado por ERC por más diferencia de la que los republicanos fueron avanzados por los de Puigdemont en 2017. Da igual, sobre todo, que la extrema emergencia sanitaria, económica y social del presente exija una acción de gobierno sólida y pragmática encaminada en primer lugar a salvar lo que se pueda y a empujar la recuperación. El optimismo recalcitrante sobrevuela e impera sobre cualquier vicisitud. El optimismo recalcitrante pinta los horizontes de color rosa aunque el presente sea negro. El eslogan oculto de JxCat es "todo va como una seda". Según los menos irrealistas, "tenemos que actuar como si todo fuera como una seda". Es cuestión de mantenerse firmes, optimistas recalcitrantes, sordos y ciegos a los clamores que los rodean.

Pues no. Se mire como se mire, la situación es un desastre, tanto para el país como para el independentismo y más para JxCat, que ha perdido la hegemonía dentro de la mayoría del Parlament y no está en condiciones de trazar un camino ni señalar con el dedo nada que no sea la traición de sus socios mayores. Se pongan como se pongan, solo disponen de dos opciones. O investir a Pere Aragonès, y en este caso lo antes posible, o bien convertir el desastre en catástrofe a base de empujar a los republicanos a buscar alianzas alternativas y así, desde el frío de la oposición inoperante, acusarles aún más de acomodaticios, vendidos, sumisos y derrotistas. La venda en los ojos les impide observar que, exijan lo que quieran y obtengan lo que puedan a cambio de sus votos, la presidencia de la Generalitat pesa más, significa más, influye más que el Govern en peso, y no hay que decir que la mitad menos uno del Govern. Si a los 'consellers' siempre les ha costado muchísimo hacerse visibles a la sociedad, perder ahora la presidencia es perder mucho más de lo que calculan. No hay 'consell' en el exterior que lo compense, pero los optimistas recalcitrantes son especialistas en imaginarse que las derrotas por poco margen son casi victorias aunque de hecho sean lo contrario de una victoria.

Perder la presidencia es perder mucho más de lo que calculan. No hay ‘consell’ en el exterior que lo compense

Si en vez de ser el socio pequeño, y por fuerza empequeñecido, hubieran revalidado la primacía, los de JxCat habrían sido incapaces de dibujar nada parecido a una hoja de ruta. No hacía falta, no es necesario, no lo será. Basta con una actitud, la del optimista recalcitrante, y con la justificación de la propia inoperancia en la disposición, asimismo recalcitrante, de ERC a un diálogo que tampoco debe proporcionar salida alguna al conflicto.

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Llegados así a un doble callejón sin salida, por no decir triple si añadimos las escasas perspectivas de la CUP para conseguir algo más allá de la supresión de los proyectiles de foam a cambio de portarse como unos corderitos, el independentismo no tiene otro remedio que reivindicarse, no por su inoperancia compartida de cara al objetivo final, sino por una obra de gobierno sólida, seria, eficaz dentro de las posibilidades de una autonomía mal financiada. Si finalmente JxCat se da cuenta de su error de salida -cuando ven humareda, los optimistas recalcitrantes siempre miran al cielo en vez de buscar las causas terrenales del fuego- y llega a un acuerdo que convierta Elsa Artadi en número dos y 'consellera' d'Economia, la Generalitat dispondrá no de un tecnócrata de alto nivel, Pere Aragonès, sino de dos tecnócratas en la sala de mando, un tándem con capacidad para cumplir, si el grupo parlamentario de JxCat no cacarea demasiado, con la dificilísima misión de resultar de algún provecho para el conjunto de la ciudadanía.