Editorial

Investidura fallida

Es hora de que los partidos tengan el coraje de explorar nuevas formas de gobernabilidad ante la tóxica relación de agravios que mantienen ERC y JxCat

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El Periódico

Pere Aragonès durante el segundo debate de investidura en el Parlament.

Pere Aragonès durante el segundo debate de investidura en el Parlament. / Job Vermeulen (ACN)

En nuestro editorial del pasado domingo, afirmábamos: «Lamentablemente (…) ERC y JxCat se han empeñado en dejar claro en los últimos días que lejos de hacer las paces se soportan menos que nunca». La segunda sesión del debate de investidura terminó como la primera: con Pere Aragonès incapaz de lograr los votos que le permitan acceder a la presidencia de la Generalitat. Junts per Catalunya (JxCat) se abstuvo en la votación e impidió de esta forma que su gran rival en la hegemonía del independentismo en la última década alcance la presidencia. Que estos dos partidos que se soportan menos que nunca sean al mismo tiempo las dos formaciones sobre las que gira la gobernabilidad de Catalunya a causa de la inamovible política de bloques dice mucho (y mal) de la situación en que se encuentra la política catalana. Las alternativas que las dos formaciones tienen encima de la mesa son desalentadoras: o ERC y JxCat alcanzan un acuerdo y repiten un Govern de coalición marcado por la desconfianza, los recelos y la lucha de poder (como el del tándem Torra-Aragonès y, antes, el Puigdemont-Junqueras) o bien no hay pacto de Govern y Catalunya se ve abocada a otras elecciones. Es evidente la esterilidad de la política de bloques. Resulta más evidente aún la necesidad de coraje político para sacar al país de este cul-de-sac.

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A nadie debería extrañar que dos partidos a los que el resultado electoral permite formar un Gobierno de coalición tengan discrepancias. Es lógico y comprensible que sea de esta forma, y así sucede en todas las democracias. Cuando ningún partido logra una mayoría suficiente, urge la negociación y, por tanto, la cesión. No es la nuestra una política acostumbrada al pacto, así que demasiado a menudo la negociación es percibida como una debilidad y el pacto, como una concesión inasumible. A la hora de afrontar una negociación, se plantea a base de líneas rojas. Sin duda es una cultura política mejorable, pero no difiere tanto de las democracias de nuestro entorno.

Ahora bien, la pugna entre ERC y JxCat va más allá del comprensible tira y afloja por parcelas del poder. Ambas formaciones atesoran una larguísima lista de agravios, de cicatrices dolorosas y heridas aún abiertas. Y la insistencia de Puigdemont es situarse en una posición de preeminencia que las urnas no han refrendado no hace más que enconarlas. Algunas decisiones trascendentales para todos los catalanes se han tomado la última década por criterios puramente tacticistas en términos de la lucha por la hegemonia en el campo independentista. Es esta la situación en la que se encuentra atascada la investidura de Aragonès: un acuerdo que muchos dan por inevitable (porque es el único que garantiza la gobernabilidad mientras siga la lógica de bloques imperante) pero que se dilata en e tiempo, dejando a Catalunya sin Govern, por consideraciones puramente partidistas.

Un ejemplo más de la esterilidad y la ineficacia a la que que la política de bloques condena a la sociedad catalana. Ha llegado el momento de que los partidos tengan el coraje de inspeccionar nuevas fórmulas que acaben con el bloqueo al que la pugna partidista de ERC y JxCat condena a la sociedad catalana. La gestión de la pandemia, la crisis económica y la gestión de los fondos europeos obligan a una responsabilidad que por ahora brilla por su ausencia.