Homenaje

Fiesta en la tercera edad

Ahora que en teoría van recibiendo antes la vacuna, propongo que todo el ocio y la cultura se vuelque en los mayores

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Un hombre mayor recibe la vacuna en el CAP Casernes, en Barcelona.

Un hombre mayor recibe la vacuna en el CAP Casernes, en Barcelona. / Ferran Nadeu

Hace ahora un año, escuché un comentario en el que no he dejado de pensar desde entonces: “Por nosotros no os preocupéis, que ya estamos amortizados”.

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La frase, que dijeron varias personas mayores de mi entorno cuando estalló la pandemia, es dura por muchas razones: la elección del verbo, que alude a la productividad, la obsolescencia y la explotación capitalista, el intento de no contagiar preocupación, la renuncia a la pataleta y el colocarse siempre civilizadamente a la cola de la solución. Quizá podríamos intentar aprender un poco de su dignidad.

No siempre estuvo de moda lo joven: en determinadas épocas, lo ‘cool’ era la vejez. En la Viena de entreguerras, por ejemplo, los estudiantes se ponían gafas sin dioptrías, barbas de pega, trajes a medida y se apoyaban sobre un bastón (que no necesitaban) para caminar.

Y, sin embargo, descuido de residencias o aparcamiento en sus casas, a menudo solos y con dieta de tele sensacionalista y monotemática, imposibilidad de abrazar a nietos y quiebro de todas las rutinas que adornaban su jubilación, nuestros mayores han pringado como nadie. Por eso ha llegado el momento de la discriminación positiva y de la segregación que los favorezca.

Primavera Sound a medida

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Ahora que en teoría van recibiendo antes la vacuna, propongo que todo el ocio y la cultura se vuelque en ellos. En un mundo al revés en el que por suerte los únicos inmunes o invencibles, los únicos sin miedo, fueran ellos, yo organizaría un Primavera Sound con El Consorcio, Rumba 3 y Juan Pardo como cabezas de cartel y con Luis Cobos en el Auditori. Cortaría la Diagonal para montar un gigantesco autocine donde pudieran ir en coche las parejas para ver en pantalla gigante películas de vaqueros dobladas al catalán mientras duermen la siesta con el mejor sonido. En los parques, picnics con ‘food trucks’ donde se vendiera pulpo ‘à feira’, cazón, ‘capipota’ o lechazo con grupos regionales de las zonas desde las que emigraron. En el CCCB, vídeoinstalaciones con las mejores telenovelas de los años 80, cuando aún fumaban y sonreían más. ¿En el Camp Nou? En lugar de partidos de solteros contra casados, de abuelos contra liberados de cuidar a nietos. Por supuesto, en cada pub habría conciertos de bandas de tributo de Los Brincos y The Beatles, y en los teatros, monólogos de un holograma de Gila llamando al pasado para explicar lo de las mascarillas. 

No hay ni pizca de ironía en todo esto. Por una vez que la diversión fuera exclusivamente suya; que el mundo fuera suyo, que para eso lo construyeron; que pudieran vivir la vida sin zozobras ni interferencias. Como cantaban Hidrogenesse: “Los viejos son el futuro”. No creo, pero a ver si damos la talla nosotros cuando en el futuro nos toque serlo a nosotros.