La tribuna

Más allá del covid

A pesar de los fondos europeos, hay poderosos intereses políticos, culturales y económicos a los que sirve el modelo productivo que prima el aumento del PIB basado en ocupación de bajo valor añadido

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Un camarero recoge una mesa de una terraza de un restaurante del barrio de la Barceloneta. 

Un camarero recoge una mesa de una terraza de un restaurante del barrio de la Barceloneta.  / Efe / Quique Garcia

El alargamiento de la pandemia ha comportado duros peajes. Y no solo por el terrible coste de vidas perdidas, enfermos crónicos y hospitalizaciones sin cuento, sino en las pérdidas de renta y empleo y en el aumento de la pobreza. En abril de 2020, con las economías prácticamente cerradas, el FMI anticipaba que España vería caídas del PIB muy intensas en 2020, aunque en el contexto del famoso perfil en V: intensa contracción inicial y fuerte recuperación posterior. A toro pasado, es fácil comprobar que sus proyecciones incorporaban un optimismo infundado, aunque también cabe recordar, en descargo del FMI, que sus previsiones ofrecían dos escenarios adicionales: el primero, que la pandemia rebrotara con fuerza en la segunda parte de 2020; y, el segundo, que tras esa segunda ola, siguiera una tercera. En ambos casos, la contracción esperada del PIB se calculaba que acabaría siendo muy superior a la inicialmente prevista.

Pero si en lo tocante a los estropicios del otoño y de esos primeros meses de 2021 acertaron, sus economistas no pensaban en una cuarta fase, en la que parece estamos entrando hoy. Ello comportará, como ha indicado ya el Banco de España, una modesta caída del PIB en el primer trimestre. A pesar de ello, en estas últimas semanas el consenso de los institutos de previsión españoles, apoyados en la vacunación y los fondos europeos, anticipa aumentos de la actividad superiores al 5,5% tanto en 2021 como en 2022. Así finalmente, y con un año de retraso, parece que la recuperación llegará en esta segunda mitad de 2021: a partir del próximo verano deberíamos cambiar de fase, dejar atrás los rigores recesivos del covid y, lentamente, ir recuperando empleo y PIB, hacia un 2022 que se anticipa ya muy normalizado. 

Estas optimistas previsiones ponen sobre la mesa el tan traído y llevado cambio de modelo productivo. Los que creen en él, postulan que la inversión de los fondos europeos, dirigida fundamentalmente a actividades de lucha contra el cambio climático y fomento de la digitalización, aumentará sustancialmente la productividad del país. Ojalá fuera así. Pero tengo dudas fundadas de que veamos cambios sustanciales. Por varias razones.

Primero, porque los fondos europeos están hoy a la espera de sentencia del Tribunal Constitucional alemán de Karlsruhe; y, suponiendo que este falle a favor de su distribución, los 150.000 millones que deberían comenzar a llegar a España en la segunda mitad del año se dirigen fundamentalmente a inversión de grandes empresas

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Segundo, porque el ambiente político, en Barcelona y Madrid, no está por la labor de una transformación sustantiva de nuestra economía: implicaría desterrar la complacencia con la que usualmente se ha aplaudido un crecimiento del PIB basado en ocupación de bajo valor añadido. Es decir, abandonar nuestra dependencia de la droga dura de avances de la actividad añadiendo empleo. ¿Qué Gobierno ha puesto, explícitamente, como norte de su política el aumento de la productividad?

Tercero, porque hay poderosos intereses, políticos, culturales y económicos, a los que sirve el modelo productivo. Si no fuera así, se habría modificado ya. La prueba del ácido de un posible cambio de rumbo serían aumentos en la imposición indirecta sobre importantes actividades intensivas en mano de obra de reducida cualificación y bajos salarios. Pero eso dudo que lo podamos ver próximamente.

Basar el crecimiento económico solo en añadir empleo, sin mejorar también la productividad, termina generando bajos salarios, desigualdad y precarización

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Cuarto, porque esta adicción al crecimiento del empleo a cualquier costa nos sitúa en un círculo diabólico del que es difícil escapar: cuando hay crisis el paro explota e, inevitablemente, la recuperación se ha de basar en las mismas premisas de baja productividad y mucha ocupación. Tras la recesión, la reducción del paro pasa siempre por delante de cualquier otra política. Y se entiende.

Y, finalmente, porque una parte no menor del pensamiento económico dominante en nuestro país no enfatiza el necesario aumento de la productividad: hay un colectivo de economistas, con presencia pública notable, para los que lo único importante es el aumento del PIB, sea cual sea su origen. Lastimosamente, tiene importancia que el PIB crezca pero la tienen, tanto o más, las bases de su aumento: básicamente añadiendo empleo o con una razonable combinación de crecimientos de la productividad y la ocupación. La primera vía, la que ha seguido España desde hace más de tres décadas, termina generando bajos salarios, desigualdad y precarización laboral. La segunda nos llevaría a otro mundo, el de Centroeuropa. Pero ¿hay alguien dispuesto a ponerle el cascabel al gato?