Investidura fracasada

Hacia la segunda vuelta

La repetición electoral en Catalunya ha dejado de ser un anatema para convertirse en una alternativa plausible

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Pere Aragonès, líder de ERC, en el Parlament de Catalunya

Pere Aragonès, líder de ERC, en el Parlament de Catalunya / Josep Lago / AFP

El concepto de segunda vuelta hace referencia a la segunda votación que se produce en algunos regímenes políticos con sistemas electorales mayoritarios que exigen para la elección de representantes o gobernantes la obtención de la mayoría absoluta de los votos. Esta modalidad de voto empuja a partidos y a electores a adoptar un comportamiento estratégico. En la segunda vuelta los partidos se ven impelidos a cooperar entre ellos para garantizarse apoyos mientras que los ciudadanos han de decidir su voto entre un número más reducido de opciones, por lo que la posibilidad de que el elector pueda votar a favor de su primera preferencia política no siempre existe, en cuyo caso, el voto se acaba decidiendo en función de la opción que considera menos mala. Así cuando no todos los electores pueden votar en clave de identidad partidista positiva que es la que lleva a votar a favor del partido por el que se siente mayor proximidad, se puede votar en clave de identidad partidista negativa, es decir en contra del partido más lejano y al que se nunca se votaría. Este tipo de comportamiento electoral, sin embargo, no solo se da sistemas con segundas vueltas sino que ya se detectó finales de los años noventa en algunos países del antiguo bloque comunista y más recientemente en  las democracias consolidadas donde las lealtades partidistas han ido en descenso. Se ha comprobado, además, que este incremento de la identificación negativa suele ir asociado a altos niveles de insatisfacción con la democracia salvo cuando el partido que más rechazo genera permanece fuera del poder.

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En España la segunda vuelta electoral no está contemplada. Sin embargo, se da la circunstancia de que tanto en las elecciones generales de 2015 como en las de 2019 se produjo una repetición electoral por los vetos cruzados y la incapacidad para armar una mayoría. Así y aunque legalmente no estuviese previsto y de que la repetición electoral no supuso una cooperación generalizada entre las distintas ofertas políticas como sucede en las segundas vueltas diseñadas institucionalmente, las repeticiones electorales acabaron operando, de facto, como una verdadera segunda vuelta. Y en estas segundas vueltas los electores, para decidir su voto hicieron cálculos acerca las fórmulas de gobierno que preferían más y preferían menos, activaron la identificación negativa de partido y votaron en consecuencia.En Catalunya, en cambio, a pesar de que desde 2012 vivimos sumidos en la excepcionalidad política, todavía no se ha producido una repetición electoral. Se estuvo muy cerca en 2015 y solo se evitó, 'in extremis', cuando Artur Mas decidió retirarse y designar a un candidato asumible por parte la CUP,  Carles Puigdemont. En la actualidad, probablemente, habiéndose ya roto el tabú de la repetición electoral Mas no se dejaría enviar a la papelera de la historia ni entregaría  a un partido antisistema la vara de mando en Catalunya. Más bien dejaría que el parlamento se disolviese automáticamente y probaría suerte de nuevo con una segunda vuelta.

Casualidades de la historia o justicia poética, tras el fracaso de la investidura de Pere Aragonès, quien ahora está en esa tesitura es ERC, pero con dos diferencias remarcables. La primera es que ERC ha alcanzado un acuerdo con la CUP y JXCat ha sustituido a los anticapitalistas como partido antisistema con su aspiración de subordinar las instituciones, y muy especialmente la Presidencia de la Generalitat, al Consell per la República, una entidad privada, no elegida democráticamente, no sometida a control y carente de toda posibilidad de rendición de cuentas. Una entidad a mayor gloria de Puigdemont que solo sirve para intentar mantener su preminencia y que ahora JXCat pretende sobredimensionar a fin de enmascarar una derrota electoral, que aunque dulce, ha supuesto que su líder deje de ser presidente legítimo depuesto por el 155 para ser un presidente vencido por su principal rival. Y la segunda es que la repetición electoral ha dejado de ser un anatema para convertirse en una alternativa plausible que permite una segunda oportunidad. En esta segunda vuelta, hoy más cerca,  probablemente los ciudadanos activarían la identificación partidista negativa y votarían para evitar la fórmula de gobierno que menos prefieren y que para muchos es justamente la actual.