Distopía coronavírica

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¿Qué pasaría si llegase una cuarta ola, aún más feroz que las anteriores, y barriera a los que no tienen anticuerpos?

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Un hombre mayor recibe la vacuna en el CAP Casernes, en Barcelona.

Un hombre mayor recibe la vacuna en el CAP Casernes, en Barcelona. / Ferran Nadeu

El primer día sin síntomas de covid, desperté con un pensamiento terrible: ¿qué pasaría si llegase una cuarta ola, aún más feroz que las anteriores, y barriera a los que no tienen anticuerpos? Imaginé un escenario en el que en pocas semanas nuestra población se redujera a los vacunados: ancianos de las residencias y los profesionales que los cuidan; sanitarios; psicólogos; policías; bomberos; maestros de primaria, secundaria y bachillerato; mayores de 80 años y no todos (en Madrid apenas la mitad ha recibido la vacuna); grandes dependientes; cuatro o cinco militares de alto rango que se saltaron su turno; algún obispo y algún alcalde con sus concejales por lo mismo; un consejero murciano; los cincuentones gallegos vacunados con Astra Zeneca; las Infantas Elena y Cristina y la Reina Sofía, que se convertiría automáticamente en Regente y Jefa del Estado hasta la mayoría de edad de Leonor (¡toma feminismo!).

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El resto caerían como chinches. Tal vez algunos de los que lo hemos pasado, si los anticuerpos se mantienen, sobreviviríamos. Y, por supuesto, los niños y adolescentes hasta los 18 años. Los demás, kaputt.  No tendríamos tiempo ni para llorar a nuestros muertos, porque se produciría un caos absoluto. Un suponer: los coches. En un país sin mecánicos o únicamente con los que ya tuvieron covid, los autos a la mínima avería serían inservibles. Tampoco podríamos llenar mucho tiempo los depósitos, no sabríamos cómo reponer los tanques de las gasolineras y las refinerías estarían sin trabajadores. Otro ejemplo: las cosechas y el ganado. Sin agricultores y ganaderos, ¿cómo conseguiríamos alimentos? Y en supermercados sin cajeras, ¿quién nos despacharía? Los pocos que quedásemos, habríamos de reciclarnos, dejar de ser, pongamos, guionista o abogada, y marcharnos al campo. Pero no tendríamos ni idea de nada y recurriríamos a los más ancianos del lugar, campesinos y pastores de antaño, que desde los asilos vendrían a socorrernos y reeducarnos: así se poda, así se trilla, así se muele… Internet sería de poca ayuda, pues no habría quién hiciera el mantenimiento de todo ese entramado invisible que permite que cuanto tecleamos surja en la pantalla. Viejos ingenieros jubilados y vacunados serían las autoridades en la materia en colaboración con algunos adolescentes avispados.

A seis hijos por adulto

Porque, eso sí, al sobrevivir todos los niños, pero palmar la inmensa mayoría de los padres, nos repartiríamos a las criaturas y tocaríamos, calculo, a unos seis hijos por adulto, más algún gran dependiente. Volverían las familias numerosas y los que creíamos habernos librado de las noches sin dormir, de cambiar pañales y de discutir con púberes rebeldes, nos veríamos otra vez en la casilla de salida. Pero como el mundo sería muy seguro porque en las calles apenas habría tráfico ni riesgos (ni móviles, ni tablets que sorbieran el seso a la chiquillada, pues no habría nadie que generase contenidos), no darían mucha guerra. La bici volvería a ser el juguete más deseado, triscarían con ellas por descampados y parques. Ayudarían en casa y madurarían antes, pero sin acceso a la educación superior. Las universidades, cuyos profesores y catedráticos palmarían sin remedio al no haber sido vacunados, se reinventarían. Los ancianos (a estas alturas ya pluriempleados) enseñarían a los jóvenes. Serían personas valiosísimas y reverenciadas pues atesorarían todo el conocimiento y la experiencia de los oficios que un día ejercieron. No estarían arrinconados en residencias, sino disfrutando de mansiones y pisazos de lujo cuyos propietarios estarían bajo tierra (o más bien incinerados, para ahorrar espacio). Los pocos inmunizados que quedásemos estaríamos a su servicio y los trataríamos como a reyes. No les faltarían atenciones médicas, pues al diezmarse la población, al fin podríamos ir al médico sin colas, ni listas de espera. 

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 No viajaríamos porque apenas quedarían ya pilotos, ni chóferes de autocares, ni maquinistas de trenes, ni personal en los hoteles y restaurantes. La Gran Bretaña volvería a ser un gran imperio, pues tiene la tasa de vacunación más alta, y se impondrían como una civilización superior que nos invadiría y dominaría y de la que dependeríamos para casi todo. Solo podría hacerles frente Israel.

 A la fecha en que escribo, 2.276.233 personas han recibido sus dos dosis de vacuna en España. 3.241.345 lo hemos padecido, de los que 74.064  fallecieron, y existen unos 8.700.000 menores de 18 años. Echen sus cuentas.