El enigma del genio inglés

El charcutero presumido

Una de las mejores elucubraciones que he leído sobre William Shakespeare es la última novela de Maggie O’Farrell, ‘Hamnet’

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La escritora Maggie O’Farrell.

La escritora Maggie O’Farrell. / RICARD CUGAT

Hay quien araña como sea sus cinco minutos de fama mediática y hay quien protagoniza titulares 400 años después de muerto. Los primeros me importan poco. De entre los segundos, una de mis ‘celebrities’ imperecederas favoritas es William Shakespeare. Y últimamente están pasando cosas que le afectan. Les cuento.

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Esta semana hemos sabido exactamente el aspecto que tenía el genio inglés. Un poco decepcionante, por cierto: cara redonda, frente ancha, pelo escaso y rizado, bigote, perilla y mejillas rubicundas. Algún experto de otro tiempo dijo que parecía un charcutero presumido. La descripción obedece a un busto que se encuentra en la Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon, el pueblo natal del escritor, justo al lado de su famosa tumba. Durante muchos años se dio por hecho que la imagen correspondía al celebérrimo escritor, pero luego los estudiosos lo desmintieron. Durante décadas nos quedamos en la duda.

Más gordo y más calvo

Esta semana, una profesora de la universidad de Georgetown, Lena Cowen Orlin, nos ha devuelto la certeza. Resulta que Shakespeare era, oh, cielos, el charcutero presumido. Parece que la profesora está en condiciones de demostrar, y lo va a hacer oportunamente el próximo 24 de abril, que la escultura surgió de la mano de alguien que conoció bien al dramaturgo y que, por tanto, sabía muy bien qué aspecto tenía. Hay que suponer también que el artista trató de mostrar favorecido al modelo, como suele pasar. Cabe pensar, pues, que el auténtico Shakespeare era más gordito, más calvo y de frente más ancha que su colega de piedra.

Es irresistible esto de arrojar luz sobre las zonas oscuras de la historia. Y, desde luego, pocos personajes hay más tentadores que William Shakespeare para quien quiera y pueda hacerlo. No es extraño que sea objeto de todo tipo de elucubraciones, incluso las descabelladas. Una de las mejores que he leído y que aún me tiene conmovida es la última novela de Maggie O’Farrell, ‘Hamnet’, dedicada precisamente a esos siete años misteriosos que para todos los estudiosos del autor son una tentación y un enigma: los que van de sus años en Stratford, incluyendo su boda a los 18 años, al momento en que le descubrimos como autor en un teatro londinense.

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Universal y perenne

O’Farrell ha buscado respuestas en el terreno que mejor conoce. Es decir, en la ficción. Nos presenta el entorno familiar del escritor y nos ofrece una serie de explicaciones a interrogantes que no tienen y, lo más probablemente, nunca tendrán ninguna: por qué terminó Shakespeare en Londres, cómo murió su hijo, de dónde surgió ‘Hamlet’. Y más, mucho más: qué hay del autor en la obra, cómo un texto refleja a su creador, cómo tras todo creador hay un ser humano, vulgar, torpe, raro o tal vez con aspecto de charcutero presumido, alguien capaz de desatender las falsas urgencias de cada día para hacer grandes cosas, cosas universales y perennes. En el fondo, Cowen Orlin y O’Farrell han hecho lo mismo: aportar algo parecido a una certeza en un mundo gobernado por la incertidumbre.