La nota

Aragonès y Puigdemont

La idea de la repetición electoral pierde fuerza. Una encuesta fiable dice que el PSC subiría y el independentismo caería por debajo del 50% de los votos

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Carles Puigdemont, en rueda de prensa en el Parlamento Europeo.

Carles Puigdemont, en rueda de prensa en el Parlamento Europeo. / AFP / JOHN THYS

En Catalunya votamos el 14 de febrero. Pero todavía no hay nuevo 'president'. Y es difícil que lo tengamos este viernes, tras la primera sesión de investidura. En realidad -paradojas de la vida- Laura Borràs, la nueva presidenta del Parlament, solo fue votada el último día que permitía la legislación autonómica catalana. Y la sesión de investidura del viernes se celebra también el último día habilitado por el Estatut. ¿Qué habría pasado si la nación catalana no fuera jurídicamente una autonomía? ¿Laura Borràs seguiría siendo una diputada del montón a la espera de destino?

Huyamos de los berenjenales, pero es extraño que seis semanas después del 14-F todavía no haya habido ni una sola toma de contacto entre los dos partidos más votados, el PSC y ERC, que fueron también los primeros -en orden inverso- en las últimas elecciones legislativas y municipales. ¿Cree el independentismo que podrá gobernar con eficacia y negociar algún acuerdo relevante con el Gobierno de Madrid excluyendo a partidos que tuvieron el 49% de los votos en las elecciones? Como decían en un programa radiofónico de hace años: “Parece mentira, pero es verdad”.

Y encerrados en su universo -que es solo el de una mitad de Catalunya- los partidos soberanistas tampoco se ponen de acuerdo en elegir un nuevo 'president'. En ese universo, el candidato de ERC, Pere Aragonès, debería ser el nuevo 'president', porque tiene más escaños que JxCat y además ha logrado -nos parezca bien o mal- el “meritorio” visto bueno de las asambleas de la CUP.

Pero los 42 escaños (33 de ERC y 9 de la CUP) quedan lejos de los 68 de la mayoría absoluta necesaria en la primera votación de investidura. Y JxCat no quiere votar a Aragonès hasta haber acordado la hoja de ruta a la independencia y la composición del Govern. El pacto será trabajoso -aunque la política catalana da sorpresas como el celebre “pas al costat” de Artur Mas-,porque les separa hoy una cuestión muy vidriosa.

ERC quiere que Aragonès sea un 'president' con todos los atributos, no como Torra, que ni ocupó el despacho presidencial, mientras que JxCat admite que Aragonès gestione la Generalitat, pero exige que la última palabra en la ruta hacia la independencia la tenga el jurídicamente inexistente Consell per la República que preside Puigdemont desde Waterloo. En plata, que en la negociación con Madrid, Puigdemont tenga, como autoridad nacional, algo así como la última palabra. Que Aragonès sea, también políticamente, más bajito que Puigdemont. 

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¿Cuánto cederá Puigdemont, cuánto Aragonès? ¿Cuánto tiempo durará la disputa y cuánto se gastará luego en el reparto de cargos? Sólo Dios lo sabe. Mi impresión es que el viernes Aragonès no será investido y que tampoco será fácil que lo sea el martes próximo, después de que se hayan rebasado las 48 horas fijadas en el Estatut al excluir del cómputo -por primera vez- los días festivos.

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He escrito que Puigdemont jugaba con la idea de una repetición electoral (ERC solo ganó por un escaño), pero el principal negociador de JxCat, Jordi Sànchez, excluyó el martes esa posibilidad. La razón puede ser una encuesta fiable que dice que, en caso de repetición, el PSC subiría tres escaños, JxCat bajaría, ERC se quedaría igual y el independentismo caería por debajo del 50% de los votos. 

Aragonès está en manos de Puigdemont, pero este no puede jugarse al póquer el fin de su mundo. Es el chiste del dentista en el que el paciente, tras agarrarlo bien, le susurra: “¿Verdad, doctor, que no nos haremos daño?”.