Teatro para reflexionar

Utopía y poder

La adaptación de Lluís Homar de ''El Príncipe Constante' resulta perdurbadora porque habla de que es condición humana estar sometido a las estructuras de poder

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Lluís Homar.

Lluís Homar. / Emilio Naranjo

El catalán Lluís Homar ha llevado ‘El Príncipe Constante’, de Calderón, a una puesta en escena extrema, que acaba reflejando una España de la que cualquiera querría huir. El escenario se limita a un muro terroso; los personajes declaman tiesos como palos de escoba, sin mover una ceja; el vestuario es anodino, la atmósfera resulta asfixiante. El desarrollo de la obra acentúa el rechazo al marco social pétreo de la trama, que describe las crudas negociaciones sobre el destino de sus ciudadanos entre un rey cristiano y un rey moro. El telón de fondo es un sistema de poder y una España que sin duda querríamos abandonar: la del estatismo asfixiante, los discursos monocordes, los repartos de prebendas. Solo el personaje del infante Fernando, encarnado por el mismo Homar, nos emociona con su búsqueda de lo justo, del bien concreto y mayor. La obra, todavía en Madrid, saldrá pronto de gira.

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Uno sale casi deprimido de ese mismo Teatro de la Comedia del que tantas veces ha salido exaltado por el vitalismo de Lope o, en este pasado invierno, por un genial Molière de Flotats. Uno sale abatido, y no debería, ya que la obra trata de asuntos lejanos: el infante don Fernando, tras tomar parte en la conquista cristiana de Ceuta, cae preso del rey marroquí en la batalla por Tánger. El rey marroquí fija entonces como condición para liberarlo que el rey cristiano Alfonso devuelva a sus manos Ceuta. El rey Alfonso accede, pero su hermano el infante don Fernando, cuya liberación es la moneda de cambio por Ceuta, se niega: no es justo que por una sola vida, la suya, deban todos los habitantes de Ceuta perder la religión que él cree más hermosa y verdadera.

Sistemas de control

Si la obra nos resulta perturbadora hoy, y los diálogos entre el rey marroquí y el infante Fernando, tan vivos e impactantes, quizá se deba a que reflejan, al fin, un choque entre dos estructuras de poder. Y a estas alturas empieza a estar claro que se puede intentar huir de España, y de muchos sitios, pero nunca se puede huir de las estructuras de poder. Es condición humana estar sujeto e inmerso en ellas. Hoy nuestros destinos no los deciden un rey cristiano y uno árabe, pero lo cierto es que todas las estructuras de poder encierran la inercia de convertirse en sistemas de control. Patrias, credos, ideologías, naciones, partidos políticos, multinacionales, redes… todos encierran el peligro de convertirse en maquinarias de control sobre libertades y sueños de los ciudadanos. En el siglo XXI, las maquinarias de poder no se dividen ya la religión de sus súbditos, pero de un modo u otro, los dividen, explotando invariablemente la tendencia del ser humano a querer participar de utopías, cambios radicales, alcanzar una vida distinta. Los sentidos de pertenencia explotados se enuncian simplemente de otro modo que en el pasado: segmentos de mercado, electorados, identidades, “targets”…

En ‘El Príncipe Constante’, el choque acaba mal. Refleja de algún modo el pesimismo del barroco: tras el optimismo de los descubrimientos geográficos y científicos, las luchas de poder se recrudecieron y las guerras de religión dividieron Europa en dos. La ciencia y el arte no pudieron con el ruido y la furia.

El conflicto y la bronca

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Sin embargo, desde la Ilustración quedó trazado otro camino que llega hasta nuestros días. Curiosamente, el filósofo Kant y los líderes populistas coinciden en una constatación: que el estado natural del ser humano es el conflicto y la bronca y que las hostilidades entre grupos provocan una amenaza permanente de crisis y guerras. Ahora bien, mientras los líderes populistas persiguen movilizar esos impulsos de enfrentamiento para gobernar a las masas, Kant sostiene que puede encauzarse ese “estado natural” de conflicto permanente mediante acuerdos colectivos en que los ciudadanos funden su convivencia en tres principios máximos: la libertad de cada ciudadano, la igualdad de todos y la dependencia entre todos.

Entre los señuelos demagógicos del momento y la omnipresencia de las organizaciones sociales dominantes, entre la utopía y el poder, nos queda la cultura; el portentoso oficio de esas gentes del teatro capaces de encarnar la poesía en un escenario, de ponernos ante la dignidad última de la persona y de conmovernos.

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