ARTÍCULO DEL DIRECTOR

Elecciones en Washington-Madrid

Ayuso e Iglesias plantean las elecciones como si Madrid fuera Washington

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Isabel Díaz Ayuso.

Isabel Díaz Ayuso. / EUROPA PRESS / EDUARDO PARRA

Existe un ente al que cuesta ponerle nombre. Los nacionalistas catalanes le han llamado durante años, injustamente, Madrid. Azaña lo llamó "el campamento del Estado". La versión conspiranoide del independentismo le llama el "deep state". Y el mundo de Podemos le llama "el Ibex-35". No tiene nombre, pero todo el mundo sabe de qué habla. De una amalgama formada por una parte de la élite política y mediática, los gestores de las grandes empresas, altos funcionarios de las instituciones del Estado, el entorno de la monarquía y las grandes consultoras. Tienen una agenda y una jerga propia y cuando los visitas notas que su conversación no es la tuya. El nacionalismo vasco le llama por su nombre: el poder. Aquí le llamaremos Washington-Madrid como lo han bautizado en algunos cenáculos políticos.

Desde hace un tiempo, ese conglomerado tiene la sensación de que ha perdido el control, o actúa como si lo hubiera perdido. El ocaso de su hegemonía se focaliza en el final del bipartidismo y, también, en la irrupción del independentismo al perder a uno de sus mejores peones: CiU. Y aprovecha cualquier oportunidad para tratar de recuperar su poderío o hacerlo ver. El tsunami desatado con la fallida moción de censura en Murcia ha hecho añicos a Ciudadanos y ha puesto en evidencia la debilidad estructural y electoral de Podemos, en peligro de desaparecer allí donde nació. Muchos han visto en esta jugada el resurgir del bipartidismo y rápidamente la han identificado con Iván Redondo, por parte del PSOE, y Miguel Ángel Rodríguez, por parte del PP a modo de enemigos inseparables. El sueño húmedo de quienes así lo ven es que ni Ciudadanos ni Podemos superen el 5% en las elecciones del 4 de mayo en la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM) y las aguas vuelvan a su cauce.

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Lo cierto es que la pandemia, primero, y el reparto de los 140.000 millones de los fondos europeos, después, han revuelto las aguas del Washington-Madrid, desde donde algunos quieren convertir el conjunto del Estado en un mero tablero en el que juegan sus partidas simultáneas de ajedrez político o económico. Tanto es así que, para ese conglomerado, la CAM no es el lugar en el que viven sino el decorado de la siguiente batalla. Isabel Díaz Ayuso y Pablo Iglesias plantean las elecciones del 4-M en esos términos. Ángel Gabilondo, Mónica García y Edmundo Bal se las plantean como lo que son: el juicio electoral a la gestión de la pandemia en la CAM, con una de las letalidades más altas de Europa y el fiasco de los servicios públicos.

La gran pregunta de esta campaña electoral es: si como dice Díaz Ayuso, Madrid es España y España es Madrid, ¿qué será España si ella pierde las elecciones? España no es Madrid y los que viven en ese ente no la podrán gobernar en el siglo XXI como si lo fuera, ni desde la derecha ni desde la izquierda. Una parte de la sociedad catalana, por ejemplo, ha abrazado el proyecto independentista para emanciparse del Washington-Madrid, no de España. Y en ese movimiento no ha calculado que lo que ha hecho realmente ha sido reforzarlo por su incomparecencia. Quien libere a Madrid de España y a España de Madrid será quien se lleve el gato al agua. Al tiempo.