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Contra Trump vivíamos mejor

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El expresidente de EEUU Donald Trump.

El expresidente de EEUU Donald Trump. / MANDEL NGAN (AFP)

Se cumplen dos meses de la toma de posesión de Joe Biden-Kamala Harris y ya echo de menos a Donald Trump. Me falta el olor a napalm por las mañanas, como al teniente coronel Bill Kilgore, el personaje de Robert Duvall en 'Apocalipsis Now'; la sensación de que en cualquier momento todo va a saltar por los aires. El ataque al Capitolio por una turba de neonazis, negacionistas y cornudos disfrazados nos demostró que la democracia está en peligro.

EEUU se salvó de milagro por el empeño de un puñado de funcionarios que hicieron su trabajo en los estados clave, con una imparcialidad heroica por encima de su afiliación. Tras aquel convulso 6 de enero llegó Biden y desapareció por ensalmo el ruido dejándonos la duda de si lo vivido bajo el trumpismo había sido real o una fantasía colectiva.

El hombre que recomendó inyectarse desinfectante, ingerir hidroxicloroquina o tomar el sol no parece el mejor reclamo científico para lograr que la mitad de sus votantes, que aún rechazan las vacunas contra el covid, cambie de opinión. Trump ha emergido brevemente de su exilio en Florida -donde rumia venganzas- para decir: "La vacuna es muy buena, segura y funciona", pero se vacunó en secreto, sin fotografías. Para no dejar de ser él se mostró comprensivo con los que la rechazan. Es su estilo, afirmar una cosa y la contraria para poder proclamar "ya lo dije yo".

En formol

Que el expresidente no esté todo el día en la salsa de los medios se lo debemos a Twitter, que lo mantiene en formol al considerarlo una fuente peligrosa de desinformación. Su mutismo no es definitivo, solo un descanso. Sus empresas tienen un panorama judicial complicado y está el asunto de sus (no) impuestos, pero en el mundo de la posverdad nada parece hacerle daño.

Su plan es quedarse en el Partido Republicano mientras lo pueda controlar, algo que se verá el 8 de noviembre de 2022, cuando se renueve la totalidad de la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y 36 gobernadurías, cuyo poder es clave en un Estado federal, como pudimos comprobar en las pasadas elecciones presidenciales.

Trump aspira a manejar el destino de los fondos de los grandes donantes, decidir si apoya a los candidatos que buscan la reelección o a otros más afines. Esto condiciona los discursos y las acciones de los que se juegan el puesto y temen enfadar al gran jefe. Tras esas elecciones se verá si tiene fuelle como para postularse para la Casa Blanca o el mundo supremacista que lo apoya se muda a un candidato más joven. La democracia sigue en peligro en EEUU. El asalto ya no es violento (de momento). El plan republicano es entorpecer el derecho de voto de las minorías, a las que suponen prodemócratas.

Ventana de oportunidad legislativa

Biden busca marcar distancias con Trump. No es solo en su estilo más educado, sino en las primeras decisiones que nos muestran un político más liberal de lo que es en realidad. Existe una ventana de oportunidad legislativa hasta ese otoño de 2022. El empate en el Senado (50-50) lo deshace el voto de Kamala Harris, que es a su vez presidenta de la Cámara alta. Pueden aprobar leyes que quizá dentro de dos años no sea posible porque los republicanos recuperen poder legislativo. Detrás de estos juegos de la pequeña política está la realidad de un virus que ha matado a más de medio millón de estadounidenses y dañado la economía.

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En este cambio de estilo, en la vuelta a la diplomacia tradicional en Oriente Próximo, con la búsqueda de puentes con Irán sin dejar de mostrar el músculo militar, sorprende que Biden haya llamado asesino a Vladímir Putin. Parece más una declaración anti-Trump que un giro político. Biden regresa tras cuatro años de hibernación a un mundo diferente del que dejó con Obama. Ahora es China el gran rival estratégico de EEUU. Putin tiene problemas para mantenerse en el centro del tablero, pero conserva un gran poder de desestabilización, sobre todo en Europa. El Reino Unido ha anunciado un incremento del 40% de su arsenal nuclear para protegerse en la era pos-Brexit.

Mientras que en EEUU se impone un lenguaje menos crispado y los medios buscan su espacio en el agitado mundo de las redes sociales, la política exterior sigue dominada por los intereses inconfesables de las grandes potencias, y por la teatralidad de los gestos. Hasta Corea del Norte ha aprendido la lección y se dispone a modernizar su arsenal nuclear. Saldremos vivos de esta pandemia, pero nada nos garantiza la supervivencia en un mundo que no ha aprendido la lección esencial, la de la vulnerabilidad de nuestra especie.