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El retorno

Quizás las lides políticas de Laporta le enseñaron a sofisticar algunas actitudes que la política tiene más desarrolladas, a conseguir avaladores tras pasar por las urnas como un partido pacta con quien quizá sus votantes rechazarían

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Laporta saluda en la tribuna del Camp Nou tras ser elegido presidente del Barça.

Laporta saluda en la tribuna del Camp Nou tras ser elegido presidente del Barça. / Jordi Cotrina

¡Volveré!, pronosticó el general MacArthur al abandonar Filipinas. El controvertido militar lanzó la advertencia al inicio de la batalla del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Y así fue como la promesa se convirtió en sentencia para la historia y esperanza para los norteamericanos a pesar del avance japonés por el sudeste asiático.

Douglas MacArthur sigue siendo hoy el combatiente más condecorado de la historia de los Estados Unidos con veinticinco reconocimientos patrios y treinta y cuatro títulos concedidos por otros veinte países. Galardones que sirvieron a sus compañeros para organizar diversas conspiraciones contra él y convertirle en un enemigo a batir. Pero su vanidad daba para más y le hacía sentir impune. Arrogante y controvertido, criticado y aplaudido, amado y odiado, extravagante y desconfiado, admirado y discutido, fue centro de todo tipo de atenciones y adulaciones. Y se las creyó. Y tras la gran confrontación pasó de héroe a villano por mantener sus ideales resumidos en su frase: "Nadie envejece por vivir años sino por abandonar sus ideales". Y al confundir su prestigio con sus principios desafió al presidente Truman que le acusó de insubordinado por burlar la supremacía del poder civil. Eso no le hizo perder el fervor ciudadano, al contrario. Su regreso a Washington fue en olor de multitudes porque ya se sabe de la necesidad popular de encumbrar para después derrumbar.

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Juan Laporta Estruch (Barcelona, 29 de junio de 1962) ha vuelto a la presidencia del Barça. Se lo había prometido a sí mismo tras los convulsos últimos años de su etapa anterior que le lastraron imagen y prestigio. Por esto, al anunciar su intención se declaró maduro y prudente y, jugando con el símil del independentismo irredento, advirtió: "lo volveremos a hacer y esta vez mejor". Invitó al acto a políticos próximos, insistió en la fidelidad a sus convicciones e infundió la ilusión y el optimismo que los socios tanto anhelan. Recordó al padre, miró al cielo y se emocionó.

En los once años que median entre el final y el principio de sus dos etapas, tuvo que asumir la derrota de 2015 frente al mismo Josep Maria Bartomeu que ahora le dejaba pista libre a causa del Barçagate. Otro perverso dislate basado en campañas de desprestigio a rivales y deportistas remedo de aquel espionaje a directivos que manchó la recta final del primer ciclo del de nuevo presidente. Su histórica vocación política le permitió dedicarse un tiempo a ella y sentarse en el Ayuntamiento de Barcelona y en el Parlament de Catalunya sin que consten contribuciones significativas al bien común.

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Quizás aquellas lides le enseñaron a sofisticar algunas actitudes propias que la política tiene más desarrolladas. Por ejemplo, regresar al palco del Camp Nou sin disponer de los avales económicos imprescindibles. Conseguidos en el tiempo de descuento y con desconocimiento de los socios antes de pasar por las urnas, se ignora a cambio de qué sus garantes le han respaldado más de cien millones de euros. Operación que se asemeja a la de la formación política que para hacerse con el gobierno por no tener mayoría suficiente acaba pactando con quienes quizás a sus votantes les hubiera disgustado.

Duda razonable que Emilio Pérez de Rozas exponía el jueves en estas páginas y que nos regresan a MacArthur proclamando que a uno se le recuerda por las reglas que rompe.