Diez años del desastre

Fukushima, la pesadilla aún no ha terminado

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Una protesta en Tokio contra la energía nuclear a principios de marzo.

Una protesta en Tokio contra la energía nuclear a principios de marzo. / Reuters

Se cumplieron diez años de uno de los accidentes nucleares más graves de la historia, junto al de Chernóbil. Un terremoto de magnitud nueve –el cuarto mayor de los registrados– provocó un tsunami con olas de hasta 16 metros que arrasaron la costa de Tohoku, donde se encuentra la central nuclear Daiichi. A 240 kilómetros en línea recta está Tokio, una megalópolis de 37 millones de habitantes. Fue grave, pero pudo ser mucho peor. 

Una década después se mantiene la huella de la destrucción, además de la herida psicológica en un país marcado por Hiroshima y Nagasaki. El accidente fue un golpe para los defensores del uso de la energía nuclear para fines pacíficos, que insisten en sus virtudes frente al carbón y el petróleo. Afirman que los accidentes son pocos y la energía, limpia, además de que se han aplicado mejoras en la seguridad y en el manejo de los residuos radioactivos. Es una batalla difícil. El 53% de los japoneses la rechaza, según un sondeo publicado en febrero. 

A los 15.900 muertos de la suma del triple desastre, terremoto, tsunami y accidente nuclear, hay que sumar los 2.525 que permanecen desaparecidos. Un tercio de los 110.000 evacuados aún no puede regresar a sus casas. Para desmantelar la central accidentada se necesitarán entre 30 y 40 años. En una década solo se ha logrado descontaminar un 15% de la zona cero. El coste total, incluido el de la descontaminación de la zona exterior afectada, se eleva a 16,9 billones de yenes, cifra que equivale al 15,8% del presupuesto de este año. A esto habrá que sumar el desmantelamiento de otras centrales paradas que no volverán a la actividad. Las comunidades cercanas luchan por impedir su reactivación.

Desmantelamiento total irrealizable

Greenpeace asegura que el desmantelamiento completo de la central nuclear de Fukushima es irrealizable, y recuerda que seguimos sin las lecciones aprendidas. La organización acusa a los propietarios de centrales nucleares de dedicar más esfuerzo a sortear a los reguladores que a mejorar sus instalaciones. La española de Almaraz es una de las señaladas.

Hay 443 reactores nucleares operativos en el mundo, y otros 50 en construcción, según datos del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que vigila su uso pacífico. EEUU es el que tiene más reactores (94); Francia, el que genera más electricidad de origen nuclear, un 70,6%, a través de sus 56 reactores activos. España tiene siete que producen un 21,4% de la electricidad consumida. Los defensores de este tipo de energía recuerdan que la gente quiere tener luz y no preguntan por su origen. España es el tercer país europeo con la luz más cara

La energía atómica tiene también un uso militar. Hay nueve países con armas nucleares: EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido (los que tienen asiento fijo y derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU), además de India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Poseen 13.500 cabezas nucleares. Un 90%, están en manos estadounidenses y rusas. De ellas, solo 9.500 están en activo, según datos de Arms Control Association. Irán y Arabia Saudí, enemigos tan enconados como India y Pakistán, tratan de incorporarse al club. 

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Para disponer de este tipo de armas y presumir de ellas (lo hacen todos menos Israel) fueron necesarias decenas de ensayos, subterráneos en el caso de EEUU, o en las colonias. Francia utilizó durante 30 años el atolón de Mururoa, en la Polinesia francesa. Una investigación de Science & Global Security, Interprt y Disclose revela que 110.000 personas se vieron afectadas por la radioactividad. La información nace del estudio de 2.000 documentos hechos públicos por los militares franceses. Se refiere al periodo entre 1966 y 1974. La radiación real a la que fueron expuestos los habitantes de estos atolones fue 10 veces superior a lo estimado por la Comisión (francesa) de la Energía Atómica. El diario británico The Guardian, que dio publicidad al informe, indica que solo 63 civiles polinesios han recibido algún tipo de compensación. Se acaba de abrir la puerta a nuevas demandas. 

Las efemérides sirven para llenar minutos y páginas, escribir libros y lanzar series de televisión. Forman parte del espectáculo. También representan una oportunidad para reflexionar y tomar decisiones que eviten nuevas catástrofes. Seguimos sentados sobre la pandemia tras un año de parón económico. Se puede anticipar sin miedo a equivocarnos que no habrá aprendizaje. Cuando se levante la veda esto parecerá el primer minuto de rebajas en un gran almacén. Hasta que el planeta aguante.

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