Viaje a Oriente Próximo

Visita papal a Irak: quiero y no puedo

Los cristianos iraquíes y el resto de la población, una vez diluido el efecto mediático, seguirán sin ver la luz al final del túnel

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El papa Francisco desciende del avión a su llegada a Bagdad, este viernes.

El papa Francisco desciende del avión a su llegada a Bagdad, este viernes. / REUTERS TV

El papa Francisco ha dejado claro desde el inicio de su pontificado que, a diferencia de sus predecesores, está decidido a visitar países donde los cristianos son minoría. Tras Tailandia y Japón, Marruecos, Emiratos Árabes Unidos, Bangladés y Myanmar, o Egipto, ahora le ha tocado al turno a Irak, donde esa confesión ha pasado de los 1,5 millones de miembros, en 2003, a los menos de 300.000 actuales, agrupados mayoritariamente en la región kurda del norte. Un descenso motivado principalmente por la persecución a la que han sido sometidos en estos últimos años, en claro contraste con la tolerancia que caracterizaba la época de Sadam Husein.

El viaje, medido al detalle, ha tenido una fuerte carga simbólica. Por un lado, respondía al empeño particular de una persona de 84 años, con visibles dificultades de locomoción, por devolver la atención a ese país. Por otro, ha servido para volver a los orígenes (visita a Ur, cuna de Abraham), para celebrar encuentros multitudinarios (misa en Erbil con unos 10.000 asistentes) y hasta para la reivindicación (encuentro público en Mosul, a escasos metros de dónde Abubaker al Bagdadí proclamó el pseudocalifato de Dáesh, en junio de 2014). Pero nada ha sido tan relevante como el encuentro, en Nayaf, con el gran ayatolá Ali al Sistani, en un gesto de agradecimiento por su defensa de las minorías y en un intento por reforzar el ecumenismo y sumar voces a la causa de la paz.

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Por otro lado, en términos políticos, el balance es necesariamente menos brillante. En su doble condición de máximo jerarca de la cristiandad y de jefe de Estado cabe entender que procure tanto mejorar las condiciones de vida de sus seguidores como el bienestar y la seguridad del resto de los 38 millones de iraquíes. En el primer caso, nada apunta a que la suerte de ese colectivo -de mayoría asiria y, en general, conformado por clase media- vaya a cambiar a corto plazo. No solamente han sufrido duramente la violencia yihadista, tanto de Al Qaeda como de Dáesh, sino que también cabe preguntarse sobre la responsabilidad de quienes invadieron y ocuparon el país a partir de 2003. También ha brillado por su debilidad el apoyo recibido por otras comunidades cristianas del resto del mundo y su compromiso efectivo con su actual situación. Por último, aunque Al Sistani se haya mostrado en sintonía con el mensaje papal, no se ha llegado a firmar ni siquiera un documento similar al que, en febrero de 2019, Francisco y Ahmed al Tayeb, Gran Imán de al-Azhar y rector de la Universidad de al-Azhar, suscribieron en defensa de la coexistencia pacífica entre sus respectivas confesiones. Y, por supuesto, tampoco se ha decidido movilizar ningún apoyo económico ni jurídico para resarcirles de sus pérdidas. De ahí que solo quepa concluir que lo previsible es que continúe el éxodo de una comunidad asentada en ese territorio desde el siglo I.

En cuanto al segundo problema, lo único positivo ha sido el alivio por la falta de actividad violenta durante la visita. Por muy buena que sea su voluntad, no está en manos de Francisco poner fin a la notoria influencia iraní sobre Bagdad, al abandono de las 14 minorías que conforman el país y a la generalizada falta de bienestar y seguridad por mucho que el primer ministro, Mustafa Al-Kadhimi, se afane en afirmar lo contrario. En resumen, el pontífice ha podido volver satisfecho al Vaticano; pero los cristianos iraquíes y el resto de la población, una vez diluido el efecto mediático, seguirán sin ver la luz al final del túnel.