Cultura

Taxonomía del librero

Un documental de D. W. Young recién llegado a la cartelera analiza un sector de raros y para raros y un canto de amor al libro como objeto insuperable

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Una mujer, en una librería, el año pasado.

Una mujer, en una librería, el año pasado. / ELISENDA PONS

¿Cómo es un vendedor de libros de segunda mano? Tal vez la imagen que de inmediato acude a la mente es la de un hombre, viejo como la mercancía que vende, desaliñado, vestido con ropa pasada de moda (¿tal vez una americana de 'tweed'?), despistado, propietario de un gato, ignorante de las novedades del mundo, cascarrabias, raro, miope, huraño, siempre metido en la cueva polvorienta que es su librería y desdeñosamente culto. Hay libreros así, sin duda. Los hay viejos, cascarrabias y, sobre todo, los hay con gato. Los gatos se llevan bien con las librerías, aquí, en Nueva York o en Pekín. Aunque hay quien rehúye el tópico. Mujeres —jóvenes y no— enamoradas de su trabajo, coleccionistas de literatura 'beat' o en publicaciones sobre hip-hop, rastreadores de libros que además son guitarristas de rock…. Lo sabemos quienes solemos pasar horas entre libros viejos, antiguos, raros o, como les gusta decir a los propietarios de la librería Palinuro de Medellín, leídos. Lo constata el documental 'Libreros de Nueva York', dirigido D. W. Young, recién llegado a la cartelera. Es una taxonomía de los libreros del mundo, un estupendo análisis de un sector de raros y para raros y un canto de amor doble: al libro como objeto insuperable y a la ciudad de Nueva York como uno de los mejores lugares que existen para husmear librerías.

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No siempre fue así. En un magnífico artículo titulado 'Las librerías de Nueva York 1743-1948' el historiador Edwin D. Hoffman cuenta las tristes impresiones de un viajero inglés de inicios del XVIII al ver que en la ciudad había una única librería, y que solo vendía almanaques y libros escolares. Una mujer, Catherine Zenger, intentó cambiar las cosas en 1743, aunque siguió vendiendo aún más almanaques que libros. Lo habitual durante la época colonial, cuando uno podía comprar en las librerías plumas de ganso, mostaza, brújulas, entradas para el teatro y hasta «rapé español». Hasta que en 1804 el librero Samuel Wood abrió en Pearl Street la primera de las muchas librerías que convirtieron el lugar en ruta obligada para libroadictos durante todo el siglo XIX. 

De entonces es la diferencia entre los vendedores de libros viejos y los de libros raros. Los primeros se dirigían al gran público, el consumidor compulsivo de novelas. Los otros vendían a bibliófilos y eran prestigiosos, siempre hombres en tratos con hombres. Hay varios ejemplos de ellos en el trabajo de Young. Empezando por A. S. W. Rosenbach, una leyenda de los años 50 del siglo XX, y no solo por las cifras astronómicas que manejaba. Otras lo son por otras causas, como Leona Rostenberg y Madeleine Ster, únicas mujeres en esta selva de hombres, quienes viajaron por Europa en busca de joyas bibliográficas y regresaron cargadas con «cosas que nadie sabía que aún existían». Fueron socias durante 60 años y hoy se las reivindica como auténticas pioneras.

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Los clientes no son menos raros. Los hay que coleccionan ediciones del mismo libro; quienes construyen edificios para alojar su colección o —un caso ibérico, referido por una amiga librera— quienes necesitan llenar «tres metros de estanterías, con libros que no valgan menos de tres mil euros cada uno». O el caso del desaparecido político Carter Burden, quien gastó un millón y medio de dólares en reforzar la estructura de su piso para que soportara el peso de los treinta mil volúmenes de su biblioteca (hoy integrada en la Morgan Library).

¿Y el futuro? ¿Qué pasa con este negocio paquidérmico en un mundo tecnológico? Hay libreros pesimistas —mayores— que lloran amargamente el auge de los libros electrónicos y se preguntan qué van a vender dentro de unos años. Otros se alegran: «Eso hará que los libros sean raros. Yo vendo libros raros. Vienen grandes tiempos». Lo dice un señor muy conjuntado, con pañuelo de seda asomando del bolsillo superior de la americana y bigote engominado. También está la savia joven. Una risueña librera de poco más de 30 años comenta: «Cuando se acercan los veteranos y me preguntan cómo me las voy a arreglar en los próximos años, yo les respondo: ¡Pues tengo un montón de ideas!». Qué maravilla, porque yo —y muchos como yo—, refractarios al pesimismo en cualquier terreno, estamos deseando conocerlas. 

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