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La guerra inmoral de las vacunas

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La guerra inmoral de las vacunas

Si la pandemia puso el foco en nuestras averías estructurales como sociedades presuntamente avanzadas y democráticas, la vacunación masiva en la que nos encontramos augura un mundo más desigual, injusto y peligroso. El presidente de EEUU, Joe Biden, modelo del liberalismo, ha intervenido en el mercado para forzar un pacto de fabricación entre dos farmacéuticas rivales. El objetivo es disponer de suficientes dosis para cada estadounidense adulto antes de junio. Está en juego la economía y el primer puesto en el duelo entre superpotencias con China.

No todos reman en la misma dirección. Los gobernadores republicanos de Texas y Misisipi tienen prisa por liberarse de las restricciones y suspender el uso obligatorio de la mascarilla. Algunos obispos estadounidenses (Biden es católico) recomiendan a sus fieles que rechacen la vacuna de Johnson & Johnson debido al uso de células de fetos. 

La UE es un polvorín. Prima el sálvese quien pueda. La presidenta de la Comisión, la alemana Ursula von der Leyen, parece superada por los acontecimientos. No hay dosis suficientes ni se cumplen los plazos. Italia acaba de bloquear un cargamento a Australia para asegurarse las suyas. Hungría, Polonia y Eslovaquia, que ya iba por libre con gobiernos cada vez más alejados de los estándares de la UE, negocian con Rusia y China para garantizarse el suministro. Austria y Dinamarca buscan acuerdos con Israel, al que le sobran vacunas, y Bélgica ha pedido revisar los límites de edad (55 años) para la fabricada por AstraZeneca.

Vacuna rusa

La escasez de dosis ha empujado a la Comisión a repensarse el asunto de la vacuna rusa. Ha iniciado los primeros pasos para su eventual aprobación. Más allá de su efectividad, pesa la política. La UE no quiere regalar una victoria propagandística a Putin. La Sputnik V devuelve a Rusia al centro de un tablero pospandémico junto a China y EEUU. No solo está en juego la salud de millones de europeos; también, la economía. Despegar los últimos impediría una rápida salida de la crisis. Quiebras y paro masivo son el alimento de la extrema derecha.

Israel es el país que más y mejor ha vacunado a su población, pero tiene truco. Más del 50% ha recibido la primera dosis y el 39%, también la segunda. En España vamos por el 5,5%. Benjamin Netanyahu, que se enfrenta este mes a unas nuevas elecciones (y a un juicio por corrupción) ha convertido este asunto en la madre de todas las campañas electorales. Propuso a las multinacionales farmacéuticas una vacunación rápida y masiva de su población a cambio de datos. Estos sugieren que las vacunas de Pfizer-BioNTech y Moderna son tan efectivas como se preveía. Netanyahu practica con las dosis sobrantes la diplomacia de la vacuna. Se las ofrece a los países amigos o para pagar deudas de agradecimiento.

El problema del primer ministro israelí es que se ha olvidado de los palestinos de los territorios ocupados, que apenas han recibido 5.000 dosis, y centradas en vacunar a la mano de obra que trabaja en Israel. La IV Convención de Ginebra responsabiliza a las potencias ocupantes de la seguridad de la población ocupada. La no vacunación forma parte del mismo apartheid que sufren a diario millones de palestinos en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza. Los palestinos israelís tienen recelo de la vacuna, lo mismo que los judíos ortodoxos. Los más radicales ni siquiera reconocen el Estado de Israel. Sostienen que en las sagradas escrituras está escrito que será dios, y no el hombre, el que les entregue la tierra prometida.

Los países pobres solo miran

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A los países pobres no llegan vacunas, ni se las espera este año. Ya están acostumbrados a ver pasar de largo cualquier forma de progreso que no conlleve la explotación. Cuando arranque la economía mundial seguirán atrapados en la pobreza. En los países ricos, los muy ricos se vacunan antes porque donaron dinero para la investigación o la producción, o a hospitales privados a cambio de prioridad. Está la excepción Dolly Parton, uno de los iconos musicales de EEUU. Donó un millón de dólares para facilitar la llegada de la vacuna y ha esperado su turno para recibir el pinchazo. Igual que las infantas en su visita familiar a los Emiratos Árabes.

Más allá de la pandemia, la crisis que viene y la guerra sucia por las vacunas, está la catástrofe climática que se está cocinando a fuego rápido. Los científicos hacen su trabajo de alertar y señalar los peligros, pero prima el cortoplacismo. Es la base del sistema: las juergas se celebran hoy; las cuentas las paga la siguiente generación.