Una práctica irresponsable

Turistas y amateurs

Joe Berlinger retrata en 'Escena del Crimen: Desaparición en el Hotel Cecil' a una sociedad que ha sistematizado el ‘amateurismo’ sin reparar en las consecuencias

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Imagen correspondiente a la serie ’Escena del Crimen: Desaparición en el Hotel Cecil’, de Netflix.

Imagen correspondiente a la serie ’Escena del Crimen: Desaparición en el Hotel Cecil’, de Netflix.

Elisa Lam, en cuya muerte se centra 'Escena del Crimen: Desaparición en el Hotel Cecil', era bipolar. Es la chica que sale en ese vídeo donde se la ve gesticulando y hablando sola dentro de un ascensor que no funciona. "Espeluznante", "misterioso", "terrorífico", son adjetivos que oímos desde 2013, cuando se difundieron las imágenes. Pero siga leyendo que no destripo nada, aunque en esta serie no puede haber ‘spoiler’ porque no hay misterio.

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Vale la pena verla y comprobarlo, pues hay cosas más interesantes que el enigma: una es la radiografía que el director, Joe Berlinger, hace del barrio del hotel donde muere Elisa –droga, indigencia, pobreza– o cómo desgrana la dificultad de mantener a raya una enfermedad mental. Pero lo más punzante, por sutil, es el retrato de una sociedad que ha sistematizado el ‘amateurismo’ sin reparar en las consecuencias.

Una conspiración

En esta historia, son amateurs los investigadores que, accediendo solo a una parte de las pruebas y sin conocer los métodos, quieren resolver la desaparición de Lam antes que la policía. O quienes "informan" a sus seguidores asegurando que todo es una conspiración. Como si no tuvieran bastante, convierten a la víctima en otra amateur al decir que con su muerte el mundo perdió a una gran escritora. Lo afirman porque publicaba un diario en Tumblr, aunque lo único que muestra la lectura de esos textos es a una joven atormentada que se expresa de una forma parecida a la de otros usuarios de dicha red.

Y no, este artículo no es un alegato a favor de esa cantinela "la letra con sangre entra", ni de la cultura del esfuerzo, difícil de mantener en un mundo donde hasta la realeza es amateur: ni su tarea de representar, aparentar y aparecer saben hacerla ya bien. Y no, tampoco es una defensa de cetros y coronas, sino un guantazo al ‘amateurismo’ como sistema: investigando, escribiendo, pensando e incluso amando.

Está extendido

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Porque ese ‘amateurismo’ irresponsable no es exclusivo de policías aficionados que buscaban fama y justicia. Está extendido: todos queremos ejercer de modelos sin pasar un ‘casting’; de detectives sin conocer las técnicas; de jueces sin estudiar la ley; de novios sin tocar al otro. Por eso triunfa Instagram, porque nos permite ser quienes queramos sin esfuerzo, sin vergüenza y sin rendir cuentas, pues el aficionado actúa porque le apetece y luego, apaga el ordenador. Busca pasar el rato, un subidón para aguantar el día o varios días, pero no trabaja con pocos medios y mucha prisas, ni tiene una familia –la de la muerta– exigiéndole resultados. Eso se pide a los profesionales, que cometen errores –se ven algunos en la serie– y responden por ellos.

La figura del amateur es hermosa y romántica. Uno que se dedica a la historia, Christian Bormann, descubrió por su cuenta y con sus medios un pedazo del muro de Berlín. Eso es rendir cuentas, entretenerse o aportar algo sin hacer trampas ni dejar secuelas. No es aumentar seguidores y sembrar alarmas como hicieron quienes jugaron a ser detectives o periodistas con Elisa, tan defraudados con el documental como muchos espectadores (¿también amateurs?) que anhelaban un asesino en serie o un fantasma en el hotel. Lo que encontraron fueron datos, más anodinos que un crimen sin resolver o un fenómeno paranormal, sobre el caso de una joven que murió mientras hacía turismo en un barrio donde fallecen cada día de sobredosis, navajazos o alcoholismo gente que vive en la calle, fuera del radar y sin cuenta de Tumblr. Gente que a duras penas puede permitirse el lujo de ser amateur.

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