El péndulo estético

Lo posmoderno ataca de nuevo

Se cumple el 40º aniversario del grupo Memphis, que revolucionó el mundo del diseño

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Ettore Sottsass, en 1999, ocho años antes de su muerte.

Ettore Sottsass, en 1999, ocho años antes de su muerte. / MARCELLO MENCARINI

Suena en el tocadiscos, una y otra vez, la canción de Bob Dylan ‘Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again’. Es la noche del 11 de diciembre de 1980, en casa de Ettore Sottsass, arquitecto milanés, exdiseñador de Olivetti. Está reunido con varios jóvenes, pergeñando una colección de muebles rompedores. Nadie cambia el elepé que gira y gira, y deciden llamarse Grupo Memphis. Su presentación en otoño del año siguiente será una bomba en el mundo del mobiliario. Apenas 55 piezas cambian el rumbo del diseño. Son obras del gurú italiano que ya tiene 64 años, pero ha invitado a gente de varios países que no llegan a los 30. Entre ellos está un dibujante de cómics valenciano, Javier Mariscal.

El ‘establishment’ del mueble queda horrorizado ante las caprichosas piezas, incómodas y caras. El mundo oficial del ‘design’ denuncia una degeneración, emparejada con la que está provocando la arquitectura posmoderna. Hay un gran debate entre filósofos y creadores sobre la validez del proyecto de la modernidad. El posmodernismo recibe muchos palos intelectuales. Sin embargo, en la calle gusta y triunfa, la gente se divierte con sus propuestas frescas. Y los diseñadores reivindican la libertad absoluta y el fin de los corsés. Además, venden bien sus productos. Casas con frontones y columnatas, interiores con molduras y muebles con estampados coloristas. El diseño, sean edificios, interiores o muebles, desde ese momento va a ir acercándose a la moda y al arte. Separándose del cordón umbilical con la función que le hizo nacer allá por los años 20 del siglo XX al calor de la Bauhaus –que por cierto, ahora quieren resucitar, ¿es que no sabemos crear nada ‘ex novo’?–.

Torres derribadas

Unos años antes, el 16 de marzo de 1972, a las tres de la tarde, se certificaba la defunción de la arquitectura moderna. Así lo dictaminó el crítico Charles Jencks. Señalando el día de la explosión para el derribo de los apartamentos Pruitt-Igoe en San Luis, Estados Unidos. Se trataba de 33 bloques de 12 plantas con 2.870 diminutos apartamentos. Un enorme complejo de vivienda pública construido apenas 20 años antes. Obra del arquitecto Minoru Yamasaki, el mismo –¡pobre, qué gafe!– al que en el año 2001 le volarían también sus Torres Gemelas en Nueva York, y a quien ETA intentó volar su Torre Picasso en Madrid. Pruitt-Igoe era un paradigma de la arquitectura moderna, pero un fracaso de barrio, con problemas constructivos y de delincuencia donde nadie quería vivir. Estaba diseñado según los estándares urbanísticos del movimiento funcionalista, inspirado por Le Corbusier. Un fracaso que dio paso al nuevo estilo contrapuesto que acababa de nacer, el posmodernismo. Vía libre a la revisitación historicista, a las formas onduladas y colores chillones. “Menos es aburrido”, proclamaba Robert Venturi.

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El resto de la película lo conocemos todos. El posmodernismo se pasó de rosca y volvió la contención. Así, en los 90 se impuso el minimalismo. Pero este a su vez comenzó también a derrapar y llegó el 'mini malísimo', la falta de imaginación y vida. Que propició el desenfrenado deconstructivismo... Y así vamos dando tumbos desde entonces. Es el péndulo estético de la historia, que empezó cuando al Renacimiento le sucedió el Barroco. Ahora al parecer llega el momento de revisitar los años 80, y por tanto, el posmodernismo. Han pasado 40 años y el Vitra Design Museum lo celebra con una exposición de Memphis. Y se nota su influencia en edificios y muebles actuales.

Cerebro de ingeniero primitivo

En sus deliciosas memorias, Sottsass cuenta: “Me moría de aburrimiento con la retórica del racionalismo, especialmente de alemanes y suizos, los que piensan que para hacer arquitectura está mejor tener un cerebro de ingeniero primitivo. Quería liberarme de la geometría simple de la arquitectura que seguía la retórica del funcionalismo”. Luego confiesa: “De las discusiones sobre el posmodernismo, tediosas y abstractas, me escaqueo siempre. Discusiones que no se hacen sino para procurarse espacio cultural, para sentirse mafia, para acordar qué se debe hacer, cerrar posibilidades, dictar las condiciones, o estás con ellos o quedas marginado”. Pero no lograron acorralarlo, ahora está de nuevo bajo el foco de atención. Pero por poco tiempo. El péndulo.