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Reinas del tablero

Las ajedrecistas compiten también en un tablero de micromachismo y geopolítica

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La ajedrecista grancanaria Sabrina Vega recoge su Premio Nacional del Deporte de la mano de los reyes de Espana don Felipe VI y doña Letizia. 

La ajedrecista grancanaria Sabrina Vega recoge su Premio Nacional del Deporte de la mano de los reyes de Espana don Felipe VI y doña Letizia.  / JUAN CARLOS HIDALGO

Sabrina Vega es una ajedrecista laureada, pero ha visto esta semana reconocido su talento en una faceta que no es precisamente la que le ha dado prestigio. Su retirada hace tres años de un campeonato mundial en Arabia Saudí, en denuncia por la situación que atraviesan las mujeres en el país, llevó a que le hayan concedido el Premio Nacional del Deporte por sus cualidades cívicas. Su alegato combinaba la defensa de su capacitación profesional y la reivindicación más elemental, pero tiene una carga de profundidad: mentalizarse ante normas tan injustas implicaba tal esfuerzo y tiempo que era inasumible competir al máximo nivel en un lugar donde los derechos de la mujer no están reconocidos. Sabrina Vega y muchas otras mujeres que han querido competir profesionalmente en ajedrez han afrontado partidas en distintos tableros de juego, el que marcan los cuadros negros y blancos donde deslizan las piezas con maestría, sí, pero también el de la geopolìtica y el micromachismo diario. 

Cada vez más mujeres reales se abren paso en deportes masculinizados. 2020 nos dio la primera mujer árbitro en la Champions, Stéphanie Frappart, y pese a la pandemia, el fútbol femenino se ha reivindicado con jugadoras de primer nivel y ha encontrado referentes como Megan Rapinoe, que estos días publica libro. El deporte base es en todo caso el punto clave para la proyección de las futuras generaciones. Sabrina Vega pone la misma determinación en competir en certámenes internacionales que la que vuelca en animar a los más pequeños a jugar, y a través de las redes sociales y hasta en Twitch fomenta la afición por el ajedrez.

El Congreso reclamó en 2015 que el ajedrez fuera asignatura escolar y en línea similar se han manifestado desde el Parlamento Europeo hasta el Parlament, que fue pionero en 2010 en su defensa con una declaración que consideraba el ajedrez «de utilidad pública» y que instaba al Govern a fomentarlo.

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Vega es una reina del tablero, pero hay otras que asoman. En su charla en el 3º Festival de ajedrez de Salamanca, el mes pasado, la maestra relató cómo aprendió a jugar con 8 años, a través de una actividad extraescolar, y participó en su primera competición nacional enseguida. Todas las compañeras que fue encontrando en ese camino a través de la adolescencia abandonaron con la madurez. La profesionalización es el gran reto de la ajedrecista: si el porcentaje femenino en etapas adolescentes ya baja al 16% , cae hasta el 6% en la edad adulta.  

Mientras Vega llama al apoyo incondicional de las vocaciones en las mujeres y sugiere que «nos retiramos antes de tiempo quizá porque sentimos la soledad», en otro tablero de juego escolar, una niña de 10 años barcelonesa empieza sus pinitos compitiendo en clase con sus compañeros, y ya vive la pasión del ajedrez, del reto intelectual, de la autoestima de medirse con los demás y descubrir que puede ser mejor. También la microindignación porque se hagan grupos excluyentes, porque no pueda competir con quien quiere, porque no puede demostrar todo lo que sabe. No estará sola si la arropamos entre todos.