Orígenes de las crisis

Ciclos cortos y ciclos Kondratieff

Hay que revertir los peores efectos de la globalización y, en particular, de la desregulación, en el mercado de trabajo y en otros ámbitos, y de los excesos del liberalismo económico

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Colas en las oficinas del SEPE en Madrid (antes de la pandemia).

Colas en las oficinas del SEPE en Madrid (antes de la pandemia). / PDA

En mis años de formación universitaria, los profesores de la facultad intentaban explicarnos los porqués de las crisis del capitalismo: desde el siglo XIX, la recurrencia de ciclos de unos 10 años de duración, a los que se superponían otros de algo más de 40 meses, era evidente. Algunos economistas asociaron aquella cadencia decenal a las manchas solares que, en su visión, afectaban negativamente las cosechas. Otra interpretación, más verosímil, fue la de Karl Marx: las crisis eran el inevitable remedio a los excesos de la bonanza y, su final, el agotamiento del combustible de las expansiones, el crecimiento del crédito y la deuda.

Pero la interpretación marxista, que da cuenta de lo que nos sucedió en 2008/12, no sirve para evaluar los grandes ciclos del capitalismo, de duraciones próximas al medio siglo: fue el economista ruso Kondratieff el que, tras la Primera Guerra Mundial, advirtió de la existencia de ondas largas asociadas, aunque no únicamente, al cambio técnico. Estas tendencias más amplias no se perciben más que de forma indirecta: a diferencia del final de las fases expansivas, en las que el paro se dispara, los efectos de los cambios de fondo son poco o nada perceptibles en el corto plazo, pero pueden terminar siendo mucho más severos. ¿Tenía razón Kondratieff? No en la inevitable secuencia de largas fases de expansión y crisis, pero sí en la existencia de fenómenos profundos, que operan bajo las fases de boom y depresión del crédito y la deuda. 

Todo lo anterior tiene mucho sentido hoy porque, en los últimos años, hemos tenido ejemplos de todos esos ciclos. Hoy surfeamos las olas de la reabsorción de las crisis financiera y del covid-19, pero bajo ellas opera un potente mar de fondo, que quizá nos esté arrastrando hacia lugares que, de conocerlos, no desearíamos visitar. De esas profundas corrientes hay dos que merecen particular atención. 

La primera, una globalización cuyos efectos reflejan el impacto de la incorporación de más de 1.500 millones de trabajadores a la producción mundial, generando una durísima competencia por mantener cuotas de mercado, atraer inversiones y generar empleos. Aunque tiene evidentes efectos positivos para ciertas clases dirigentes de Occidente y, también, para los países emergentes, son claramente negativos sobre nuestro nivel de vida, los salarios y los beneficios de ciertos sectores. Esa globalización, además, ha venido de la mano y se ha justificado con un inaceptable liberalismo económico, con sus mantras de desregulación y jibarización del sector público.

La situación de los jóvenes no es excepcional: los mayores de 45 años que pierden su empleo lo tienen, quizá, peor todavía

La segunda, el impacto del cambio técnico y la inteligencia artificial. No es la primera vez que una revolución similar aparece y, con ella, emergen colectivos de ganadores y perdedores. Pero el balance en empleo y salarios no está definido a priori: dependerá del carácter sustitutivo o complementario de la revolución tecnológica con la mano de obra. Y, en la actual, todo apunta a mayor sustitución que a complementariedad. Si es así, en el medio y largo plazo veremos un refuerzo de las tendencias de contención salarial y reducción del empleo que genera la globalización.

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Todo lo anterior, ¿por qué debería interesarnos? Estos últimos días hemos contemplado una explosión de violencia que ha dejado perplejos a propios y extraños. Dejando aparte la necesidad de no penalizar la libertad de expresión y la de destacar que la violencia es de grupos muy reducidos, hay que intentar entender lo que sugiere. Tanto el fenómeno en sí, como el amplio consenso acerca de lo duras que son las condiciones de los jóvenes y las dificultades que afronta su futuro. Pero la situación de los jóvenes no es excepcional: los mayores de 45 años que pierden su empleo lo tienen, quizá, peor todavía, al tiempo que la difícil mejora salarial para los de edad intermedia, y una desigualdad y pobreza rampantes, indican que los problemas son generales. Son todos ellos impactos de esas ondas largas de la economía. 

¿Soluciones? Hay que revertir los peores efectos de la globalización y, en particular, de la desregulación, en el mercado de trabajo y en otros ámbitos, y de los excesos del liberalismo económico tanto en lo tocante a la intervención pública como a políticas de redistribución. Si no avanzamos en esta dirección, las chispas juveniles de estos días pueden acabar convirtiéndose en hogueras más severas. Aunque dudo que ello sea posible, nuestras élites, económicas y políticas, harían bien en repasar la historia.