Doce meses con el covid

Ahora hace un año: lecciones aprendidas

Esta no será la última pandemia y es necesario aprender de los errores cometidos

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Una calle comercial del centro de Wuhan el pasado 23 de enero.

Una calle comercial del centro de Wuhan el pasado 23 de enero. / Roman Pilipey / Efe

Todo fue muy rápido. A finales de diciembre teníamos un aviso, como tantos, de un clúster de neumonías de origen desconocido en Wuhan (China). A principios de enero se relacionaba este brote con un nuevo virus, que se acabó denominando SARS-CoV 2. En Europa no pasaba casi nada. Algún caso importado en Alemania y Francia. Todo bajo control. En China estaba impactando duramente, pero China está muy lejos. Ya ha pasado otras veces: SARS en 2003; gripe A en 2009, ébola... Y nunca habían representado un verdadero riesgo para nuestro sistema sanitario. Tenemos un sistema robusto y capaz de afrontar cualquier problema, decíamos.

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El informe del Global Preparedness Monitorig Board (OMS) alertaba sobre una posible pandemia de influenza para 2019, y el siguiente año advertía sobre una pandemia causada por un patógeno respiratorio letal que se propagaría rápidamente, relacionándolo con la gripe. Nuestra realidad, en ese momento era que la gripe estacional nos causaba entre 300 y 500 muertes anuales.

Lo que nos decían desde China, la OMS y las agencias internacionales era que el R0 (la capacidad de infección) y la letalidad del coronavirus no eran demasiado diferentes de la gripe estacional o la gripe A.

Creímos que estábamos preparados. Habíamos reunido a nuestros expertos y teníamos los protocolos a punto.

Llegada a Europa

El 21 y 22 de febrero, brote en el norte de Italia. Esto ya está más cerca y con una muy intensa relación con Catalunya. Tres días después, el primer caso confirmado en Catalunya, y el 6 de marzo, el primer muerto. El 1 de marzo teníamos 14 pacientes de covid-19. El 15, 903. El 31, casi 20.000.

El 11 de marzo, la OMS declara la situación de pandemia. Viendo el impacto de la pandemia, la Generalitat pide el cierre perimetral, que es denegado por el Gobierno central. El Procicat se pone en marcha y, en frente del clúster importantísimo de casos en la Conca d’Òdena (Igualada) se decide el cierre de la subcomarca el 12 de marzo. El 14, el Gobierno decreta el estado de alarma que, entre otras cosas, supone una centralización absoluta, tanto a nivel de decisiones como de surtido de materiales imprescindibles y escasísimos: mascarillas, equipos de protección individual, respiradores...

Inicialmente habíamos establecido una estrategia que llamábamos de "contención". Queríamos identificar todos los enfermos y a sus contactos para aislarlos o ponerlos en cuarentena. La vigilancia epidemiológica y la atención primaria no recuperadas de las restricciones y recortes, quedaron superadas. Se tuvo que pasar a una estrategia de "mitigación". Había transmisión comunitaria y lo único que se podía hacer, a falta de vacunas y tratamiento y con un desconocimiento casi total del virus y la enfermedad, era poner en marcha medidas no farmacológicas (confinamiento, cierre de establecimientos, teletrabajo, distancia social , lavado de manos, mascarillas...) Solo había un laboratorio en toda Catalunya, en la fase inicial, con capacidad para hacer PCR diagnósticos... Y desde Madrid se quería que estas decisiones fueran realizadas centralizadamente.

Alta mortalidad

Desbordamiento de la salud pública, atención primaria y hospitales, especialmente camas de críticos y ucis. Una muy importante afectación de profesionales y del resto de ciudadanos. Alta mortalidad que obliga a tomar medidas en los servicios funerarios. Había que salvar el sistema sanitario, a punto de desbordamiento.

La reacción fue notable. Se adaptaron nuevas áreas de críticos, se improvisaron materiales, los profesionales sanitarios respondieron hasta límites impensables y la ciudadanía colaboró. Se diga lo que se diga, se trabajó bien. Se logró el tan deseado allanamiento y posterior bajada de la curva y se procedió a la progresiva desescalada hasta llegar en junio a la "nueva normalidad". El resto, ya lo conocen.

Ahora, un año después, ya con una campaña de vacunación en marcha, a pesar de no haber logrado vencer la pandemia, con más información en las manos, es el momento de plantearse cuáles fueron los grandes problemas y qué lecciones podemos extraer.

Podríamos hacer una lista de los principales problemas.

El primer problema era el absoluto desconocimiento sobre un virus nuevo, contra el que no teníamos ninguna herramienta y las informaciones, posiblemente sesgadas, que nos venían de China. En segundo lugar, no teníamos un sistema sanitario tan fuerte como pensábamos. Especialmente la salud pública y la atención primaria estaban bajo mínimos tras años de recortes y de falta de reacción rápida posterior. Se podía ir tirando en tiempos normales, pero con lo que llegó fuimos superados. Tercero: falta de liderazgo y de coordinación a todos los niveles, dentro y fuera de Catalunya. Añadamos una falta de descentralización y de participación comunitaria grave, que impidió dar respuestas adaptadas a cada circunstancia concreta. No supimos comunicar bien. Improvisación. Apareció el concepto de ‘infodèmia’. Demasiado datos, demasiadas opiniones que no estaban suficientemente contrastadas. Demasiado discurso errático, de decir hoy blanco y mañana negro en lugar de "no lo sabemos". Demasiados opinadores y demasiados portavoces. Y las redes sociales, las grandes protagonistas de la pandemia, con informaciones muchas veces contradictorias. La burocracia del sistema, que ralentizaba, principalmente en los inicios, respuestas necesarias (contrataciones, compras...) También el no ser capaces de ver que estábamos frente a una sindèmia, es decir, una pandemia que no era tan solo sanitaria, sino económica y social. La politización fue el gran problema. En lugar de cerrar filas y sumar esfuerzos, fue la ocasión del todos contra todos. Y los ciudadanos mirándolo sin entender nada. Por último, nuestra prepotencia. "Aquí eso no puede pasar", "tenemos el mejor sistema sanitario del mundo", etc.

Este listado abreviado no es exclusivo de Catalunya. Podríamos hablar, con matices, de lo ocurrido en todas partes.

Reconocer debilidades

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Creo que hemos aprendido a tener una salud pública y una atención primaria potentes y bien armadas. Necesitamos unos buenos sistemas de información, transversales a todo el sistema sanitario de atención social. Que hay que disponer de estocs estratégicos de determinados materiales clave, aunque cueste más dinero que importarlo todo. Que es necesario un liderazgo claro, capaz de coordinar y descentralizar. Una comunicación que esté más por la calidad y la contrastabilidad que por la cantidad, con uno o pocos portavoces que no se contradigan. Que se necesita un fondo económico para afrontar las consecuencias económicas y sociales de la pandemia. Que hay que estar más atentos a lo que ocurre en el entorno, el cambio climático, la globalización y sus riesgos. Que hay que dar la voz a los ciudadanos que, al final, son los que deben llevar a la práctica las recomendaciones que les damos. Que la política debe ser para construir y no para poner palos en las ruedas. Hacen falta pactos políticos frente a situaciones tan graves como la presente. Y, por encima de todo, reconocer nuestras debilidades, solventarlas y no sustituirlas por el esfuerzo de los profesionales.

Estas son algunas de las lecciones aprendidas, no todas. Si lo sabemos y aceptamos, ¿seremos capaces de llevarlo a la práctica? Esta no será la última pandemia.

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