Teatro en crisis

Harta de finales

El Aquitània Teatre es el último en cerrar en una ciudad donde parece que a nadie le importan los cierres teatrales

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Escena de ’Kràmpack’, en el Aquitània Teatre.

Escena de ’Kràmpack’, en el Aquitània Teatre.

Últimamente están cerrando salas de teatro en la ciudad condal sin que parezca que eso importe a nadie. El último en caer ha sido el Aquitània Teatre. La cooperativa Barc era la encargada de la programación de la sala desde principios de temporada. Os podría hablar de la ilusión con la que soñaron el proyecto, del esfuerzo y las horas sin dormir para levantar una programación que llenaba el hueco del desaparecido Club Capitol, pero que, además, apostaba con firmeza y convencimiento por la dramaturgia de aquí y por espectáculos de compañías pequeñas y medianas.

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Estrenaron con la segunda parte de ‘Smiley’, de Guillem Clua, que fue un éxito rotundo en plena segunda ola, y también llenaron el teatro con ‘Krampack’ o con ‘La Marató de Nova York’, que le siguieron en la cartelera. Después de meses de esfuerzo, y de luchar contra reducciones de aforo, toques de queda y demás lindezas pandémicas, de un día para otro, se tienen que ir porque la empresa que alquila la sala lleva un año sin pagar. ¡Más de un año! Pero, como deben andar faltados de escrúpulos, tuvieron la sangre fría de permitir que un grupo de profesionales dedicados tradicionalmente a la comunicación y a las relaciones públicas, dieran el paso y se atrevieran a programar el teatro, dejando sus respectivos empleos y fundando una cooperativa para tal fin. Justo cuando esto sucedió, tenía que estrenar ‘Els dies mentits’, de Marta Aran, y se quedaron en la puerta. Meses de trabajo que se esfuman por la incompetencia y la mala fe de una empresa inexperta.

Trabajo e ilusión

Digo mala fe, y perdónenme si me equivoco, pero no puedo denominar de otra manera la actitud de alguien que juega con el trabajo y la ilusión de cientos de profesionales. Esta temporada estaba previsto que estrenasen ‘La Mascarada’, ‘Blanca Desvelada’ o ‘Ovelles’, y detrás de cada obra programada hay actores, autores, directores, figurinistas, escenógrafos, técnicos, y un largo etcétera de gente que de un día para otro ven cancelado su espectáculo sin, de momento, ningún tipo de compensación. Y lo triste es que los del teatro cada vez estamos más acostumbrados a esta precariedad, a que los espectáculos “caigan”. Que digo yo que si algo cae es porque alguien lo deja caer, ¿no?

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No sé si es porque la pandemia no se acaba nunca, porque escribo esto en un día de lluvia, porque hace cuatro días que han encarcelado a un hombre por el contenido de las letras de sus canciones o por qué. Pero estoy harta. Harta de tener unos políticos que no estén a la altura ni en sanidad, ni en cultura ni en nada. Harta de que exista gente como los de esta empresa que les cuento, que juegue con la ilusión de unos emprendedores que tenían un proyecto de quitarse el sombrero. El proyecto lo siguen teniendo, así que, por favor, administraciones, no dejen que el teatro se lo lleve otra empresa que no tiene ni idea de lo que hace.

Porque los creadores necesitamos sitios donde estrenar, porque los actores necesitan actuar y, sobre todo, porque el público, ahora más que nunca, necesita el teatro. Y no solo el teatro comercial de grandes espacios, también los teatros medianos, casi inexistentes ya en esta Barcelona que fue la envidia cultural de España y que últimamente está perdiendo su fuerza, su energía y su pulso vital. Ya que no pudimos salvar el Club Capitol, salvemos el Aquitània Teatre. Y si las administraciones no reaccionan, cosa probable, hazlo tú: amante del teatro, millonario que estás en tu casa sin saber qué hacer con tus bitcoins, tú, mecenas soñado. Sal de tu cueva y haz lo que los políticos no hacen. Por favor.