Fuego en el Eixample

Disturbios en Barcelona: La memoria de los árboles

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Quema de contenedores durante la manifestación por la detención del rapero Pablo Hasél, este martes.

Quema de contenedores durante la manifestación por la detención del rapero Pablo Hasél, este martes. / Ferran Nadeu

Junto al depósito legal de la Biblioteca de Catalunya, en el Eixample, había un árbol que se ganó un nombre, el árbol de Yago. A ras de suelo, su base se abría para dejar una oquedad que utilizaban los primeros bookcrosseros de Barcelona, una comunidad de aficionados a la lectura que intercambiaban libros "liberándolos" en distintos puntos de la ciudad. Eran los libros libres, y Yago, el mote de uno de esos aficionados que popularizó el agujero del árbol de la calle Villarroel. Cuando el ayuntamiento lo taló, por un problema fitosanitario, la comunidad mostró su consternación en las redes y pidió explicaciones al consistorio. 

Una mirada de ahora al Eixample te lleva a otros árboles bien distintos. No es fácil saber si eran olmos o eran árboles del cielo, de origen chino. Los tocones de dos ejemplares asoman sobre el asfalto en la calle Aragón, a la altura de Bailèn, rodeados de cemento fundido, la huella visible de los incendios de contenedores de los incidentes de la semana pasada tras las protestas por el encarcelamiento de Pablo Hasél. Los contenedores serán repuestos, los semáforos reparados o renovados, el pavimento volverá a asfaltarse, con el tiempo. Seguramente, las ausencias de los árboles quedarán allí, espacios no tan vacíos en realidad: perdurarán como representantes de tantos y tantos árboles quemados en los altercados cíclicos que a golpe de indignación desbordan la ciudad. 

Uno de los árboles talados a consecuencia de los fuegos de contenedores durante los altercados tras las protestas por Hasél

/ EL PERIÓDICO

En los disturbios de Barcelona de octubre de 2019, en respuesta a la sentencia que condenó a los políticos encausados por su participación en el procés, solo en seis días se quemaron 12 árboles y 45 más tuvieron que ser talados.

Los episodios violentos que dejamos atrás dejan heridos y daños económicos, y la memoria de los árboles, tal y como la tenemos concebida, queda de testigo mudo en la calle, señalando como un mojón, un hito en el terreno que marca que algo pasó allí.

Árboles místicos

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Así es como los árboles nos dejan un legado inmaterial. Y allí donde la historia ha hecho de árboles míticos como el Pi de les Tres Branques un objetivo del vandalismo repetidamente, o ha inventado simbólicos destinos para árboles ficticios como el árbol blanco de Gondor, nacido de la pluma de J.R.R. Tolkien y devorado por las llamas de Sauron, l’Eixample vive un mundo al revés, donde árboles anónimos saltan por primera vez a la vista como herida de un brote de violencia atada a una fecha señalada. 

El árbol de Yago fue sustituido por otro ejemplar años después, y ya solo te asalta un recuerdo gastado, sutil, cuando rondas por la calle donde se elevaba. Pero la ciudad se puebla poco a poco de árboles talados y de otros muchos, plátanos en su mayoría, que exhiben en cambio su corteza quemada y la capa desnuda y pálida inferior como los de la calle Roger de Flor, cerca de Diputació, rastro fantasma de una barricada de fuego que llegó a fundir el portal automático de una finca cercana en los días más furiosos del otoño de 2019.

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