Análisis

Un Barça de chicos y señores

El club azulgrana está lejos de poner los cimientos de un equipo poderoso porque cuando se vaya el argentino tendrá que cambiarlo otra vez todo

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Los jugadores del Barça calientan antes del partido contra el Elche.

Los jugadores del Barça calientan antes del partido contra el Elche. / Reuters / Albert Gea

Me temo que este año únicamente ganaremos cosas los barcelonistas que también vivimos amarrados a Guardiola. Lo demás será querer y no poder, ilusionarnos, sufrir, caminar por el filo de la navaja y resbalar (con las piernas abiertas). El Barça mejora poco a poco pero con tanta lentitud como su propio juego. Sigue dependiendo de la buena voluntad de Messi cuando Messi ya debería estar fuera para que sus compañeros no tuviesen más remedio que correr y trabajar más, multiplicando la intensidad, para intentar salvar sus vidas cara al futuro inmediato que tendremos sin él. Pero los continuos parches que consigue poner el argentino en sus buenos arrebatos, como pasó ante el Elche, son limosnas: salvan puntos pero no conducen hacia proyectos sólidos como el que ha logrado volver a construir Pep en Manchester.

Las diferencias son casi insultantes. Koeman vive en la escasez y Guardiola tiene muchos jugadores de alto nivel, una plantilla que suple bajas (como la que ha padecido temporalmente De Bruyne) sin sobresaltos, y la aprovecha. Se permite alinear unos días a un tipo de defensas y otros a hombres diferentes pero idóneos para tácticas distintas. Y lo mismo en el centro del campo y el ataque. Bartomeu le dejó a Koeman solo la obligación de tener mucha imaginación y suerte manejando una mezcla de chicos prometedores y señores que fueron gloriosos y ahora desean estirar aquí las fuerzas que aún les quedan sin irse al fútbol chino o al catarí. La suma de unos y otros es insuficiente para el fútbol de alta intensidad y extrema movilidad que se juega actualmente en la esfera top.

Mejorar lo bueno

Además el Guardiola maduro tiene y aplica un secreto valioso: el primer nivel requiere cambiar continuamente el equipo, año a año, sin escrúpulos, incorporando a hombres hambrientos de títulos y desplazando a los mínimamente veteranos, todavía formidables, pero que ya tocaron el cielo y psicológicamente han dejado de ir a muerte. Reniega de aquello tan catalán de que no hay que tocar lo que funciona: intenta mejorar siempre lo bueno aunque parezca que no es necesario, como hace el mercado de los teléfonos móviles. Quizá exagero pero temo que si dependiera de la muy sentimentaloide grada culé el Camp Nou todavía obligaría a Koeman a seguir alineando a Kubala, como si no hubiese fallecido. Y ya sin exagerar digo que se equivocan quienes sueñan febrilmente cada noche con recomponer el tridente mágico. Eso, como el tikitaka puro, ya está fuera de juego.

El fútbol de ahora es distinto al de tres o cuatro años atrás. Pep sabe que los técnicos rivales aprenden cada verano a contrarrestar lo que les mostraste en invierno. Que la posibilidad de renovar un éxito pasa por modificar la estrategia y sacar a correr a nuevas piernas frescas y buenas. Ha sido admirable como ha ido regando a Foden poco a poco. Hay que sacarse el sombrero ante su intuición de poner a Cancelo sustituyendo en la función directora sobre el césped a David Silva, que era diferente en todo. Sus tanteos sobre cómo deben actuar los 'falsos nueves' de hoy le han llevado a poner a veces ahí al veterano Gündogan, que compagina esa función con su apoyo regular al eje central de la defensa, o a veces al rápido Sterling pidiéndole que abandone los extremos, o incluso recurriendo a Mahrez, un especialista en driblar al que solo sacaba antes unos pocos minutos para que hiciera estrictamente eso. Con cosas así este año Pep va por fin como un tiro hacia el doblete Champions/Premier, mientras Klopp ve desconcertado que el mismo Liverpool joven y maduro que parecía destinado a ser invencible durante un quinquenio continúa siendo bueno pero, un punto pasadito y conocido por los adversarios, ya no es el mejor.

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Voluntarioso pero irregular

El Barça no va en la onda de Guardiola. Sin recursos y carente de una dirección clara como club progresa con tanta voluntad como irregularidad. Hace un fútbol inteligente pero con tan poco gol como abundancia de despistes puntuales defensivos. Está lejos de poner los cimientos de un equipo poderoso porque cuando se vaya Messi tendrá que cambiarlo otra vez todo. A corto plazo los triunfos que pueda conseguir los deberá en buena medida al azar. Su mezcla de chicos y señores aún necesita mucha más valentía en el banquillo, mucho más talento en el palco y mucha más paciencia en la grada aparentemente vacía. Casi nada.