El caso del Institut del Teatre

Ni inmunes ni impunes

Con el descubrimiento de los abusos cometidos en el Institut del Teatre se acaba de hacer añicos aquel estúpido espejo con el que de manera tan complacida se contemplaba la progresía

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Alumnos del Institut del Teatre, en la protesta contra los abusos, este lunes en la puerta del centro.

Alumnos del Institut del Teatre, en la protesta contra los abusos, este lunes en la puerta del centro. / RICARD CUGAT

Cuando éramos cachorros, al final del franquismo, teníamos dos opciones: o progres o proscritos. De la anomalía se derivan dos facturas que aún paga la sociedad catalana. Ser progre comportaba, de manera automática y sin ningún escrutinio ni comprobación, llevar la etiqueta, o sea la gran medalla de una integridad que habría hecho cambiar las ideas de Rousseau sobre el buen salvaje y le habrían convencido de la posibilidad y la necesidad de ser modélicamente civilizado. Los progres eran sensibles, justos, modélicos, más mejores por definición.

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Con el descubrimiento de los abusos cometidos en el Institut del Teatre se acaba de hacer añicos aquel estúpido espejo con el que de manera tan complacida se contemplaba la progresía. Como si aquella condición, en vez de obligaciones morales, comportara una patente de corso que otorgara el derecho de satisfacer impunemente los propios impulsos, sin tener en cuenta las consideraciones de una sociedad enfermiza y de unas leyes represoras. No hacía falta ni leer la Historia de la sexualidad de Foucault para considerar íntimamente legítimos los abusos, los maltratos e incluso para satisfacer los deseos como la pederastia.

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El progre se consideraba inmune, es decir libre del mal, incapaz de infligirlo, y se ha mantenido impune. El infierno quedaba circunscrito a los maristas, los jesuitas, a los americanos, a los hipócritas, a los corruptos, pero ahora resulta que también se esparcía entre los autoconsiderados angélicos. Mientras esperamos a ver si sus compañeros, los aspirantes a actores y actores ya hechos pero también víctimas de abusos, son tan valientes como ellas, mil gracias a las que se han atrevido a derribar los muros del silencio. Lluís Pasqual aún tuvo defensores, los profesores del Instituto del teatro no. Ahora, todo depende del valor colectivo de las víctimas. Si ellas y ellos se impregnan del valor moral del me too, lo que se empieza a saber será la punta de un iceberg. Y si no, la extensísima nómina de abusadores quedará impune y la cultura seguirá considerándose inmune.

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