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Aragonès, tarde pero...

La etapa poselectoral no ha empezado bien por la confusión del Govern ante manifestaciones que acabaron en violencia

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Pere Aragonès.

Pere Aragonès. / FERRAN NADEU

El vicepresidente Aragonès puede ser el próximo presidente de la Generalitat ya que, pese a haber sacado 49.000 votos menos que Salvador Illa, está empatado en escaños y tiene posibilidades de ser investido en primera votación (mayoría absoluta), o en la segunda (más votos a favor que en contra).

ERC parece haber escogido una mayoría independentista. Es su derecho, también su responsabilidad porque no sería admisible recaer en el verbalismo y la falta de eficacia de los últimos años. Pere Aragonès -si es elegido- no debe ser un Quim Torra bis, que ya hace más de un año que dio -siempre de palabra- la pasada legislatura por agotada. ERC ha hecho una reflexión realista sobre la situación y además Catalunya, castigada por el coronavirus y el desplome económico, no lo podría aguantar.

 Cierto que Aragonès, que tras su resultado tiene más autoridad, todavía no ha sido investido. Y puede tener más dificultades de las previstas. Pero la etapa poselectoral no ha empezado bien. El presidente en funciones no debía estar callado -desaparecido ha dicho Eva Granados, la portavoz del PSC- cuando la semana pasada la violencia se adueñó de las noches de la capital y de otras ciudades. Y el desorden llegó a un punto máximo el sábado con el ataque y saqueo de muchos comercios del emblemático paseo de Gràcia.

 

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La libertad de expresión y manifestación no están en cuestión, pero no pueden convertirse en un aval para la violencia que roza con el vandalismo. Y los partidos que apoyan al Govern -no sabemos si la CUP lo es, pero JxCat es medio ejecutivo- no pueden cerrar los ojos a la violencia y convertir la necesaria actuación de los Mossos -por muy lamentable que algún incidente haya sido- en el eje del problema (o del mal). El modelo policial, confusa expresión, el Govern ya tuvo tres largos años para mejorarlo. No lo hizo, lo enturbió cuando Torra alentó a los CDR con aquel "apreteu, apreteu".

Por fortuna Aragonès ha reaccionado tarde, pero bien. El lunes lo dejó claro al afirmar que el derecho a la protesta y a la libertad de expresión no justifican la violencia, y al apoyar la siempre delicada actuación de los Mossos ante graves perturbaciones de la normalidad. Está bien que alerte de "la precariedad y desigualdad social como causas del malestar social". Tiene razón y, aunque la falta de perspectivas de los jóvenes no es nueva (en Catalunya el paro juvenil es muy alto), las restricciones a la actividad por la pandemia seguro que las han agravado. Lo que ERC tiene que decidir es si incorporar a una coalición antisistema, que toma sus decisiones en cambiantes asambleas, es lo adecuado para lanzar un mensaje de estabilidad y progreso. La CUP ya tiene un papel en la vida pública, pues ha tenido 190.000 votos, más del doble que el PDECat. Pero en ningún país europeo -Catalunya quiere serlo- los antisistema están en los gobiernos o en sus fuerzas de apoyo. Y el silencio de Aragonès la semana pasada puede relacionarse con las negociaciones con la CUP para la investidura.

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Lo hoy exigible es que el vicepresidente -que aspira a ser 'president'- y el Gobierno en funciones no hagan dejación de sus deberes ante los problemas, que las negociaciones para la investidura sean diligentes y lo menos barrocas posible, y que la mayoría que se forme tenga coherencia y no vuelva a las archiconocidas luchas intestinas.

Aragonès no lo tiene fácil. Su propuesta de que el pacto de investidura garantice también los próximos Presupuestos sería -de cumplirse- una buena señal.