PROPUESTA PROGRESISTA

La 'ley trans' y los debates inconclusos

A menudo las posiciones binarias responden a una simplificación de la realidad que genera, sobre todo, división

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Activistas trans en una protesta frente al Congreso.

Activistas trans en una protesta frente al Congreso. / David Castro

Está a punto de ser aprobada la llamada 'ley trans' que permitirá, a las personas que así lo decidan, cambiar de género (y de sexo) sin necesidad de procedimientos o informes médicos que decidan por ellas. Me propongo aquí la difícil tarea de intentar transmitir dónde radica el debate que ha generado esta propuesta y la complejidad del análisis. Es fundamental tomar conciencia que podemos estar ante una “falsa” disyuntiva en la que el patriarcado confronta a una parte del colectivo trans con una parte del feminismo. A menudo las posiciones binarias responden a una simplificación de la realidad que genera, sobre todo, división y no contribuye a alcanzar acuerdos o puntos de vista compartidos.

Ante todo,situar que cualquier propuesta legislativa que pretenda ampliar los derechos de las personas debe ser entendida como una propuesta progresista que se orienta a recoger y regular necesidades sociales existentes que afectan a personas concretas. Por consiguiente, aun presentando matices y siendo imperfecta, es una iniciativa que permite un marco de reconocimiento social de una realidad.

Como mujer feminista considero que habrá que incidir y trabajar para erradicar el sistema (patriarcal) que genera desigualdades de género que afectan principalmente a las mujeres, pero también a todas aquellas personas que viven en una identidad de género no normativa. Por consiguiente, no puedo más que respetar el derecho de cada persona a identificarse con el género que quiera de forma libre y las leyes deben facilitar esta libertad. No tiene mucho sentido sostener la idea de que tenga que ser un comité médico -como pasa actualmente- quien defina quienes somos y si esa elección es fruto de una patología a la que llamamos disforia de género.

Pero no es tan sencillo. Del mismo modo que el movimiento feminista está dividido en torno a esta cuestión también lo está el activismo trans. Apelar a una identidad de género como algo inmutable que nace con nosotros o que debemos conseguir (en este caso si nacemos por ejemplo como hombre cambiar nuestros cuerpos y nuestras vidas para “ser mujeres”) hace referencia a una esencia en el hecho de ser hombres o mujeres que presenta, como mínimo, dos problemas: por un lado invisibiliza el hecho de que el género es una construcción social que genera desigualdad y por otro lado perpetua el binarismo (hombre/ mujer) del que pretendemos salir. Desde esta perspectiva, por ejemplo, la cuestión de cuál debe ser la posibilidad de decidir sobre su género (y más allá, sobre su cambio de sexo) en la población adolescente se torna crucial. Si pensamos en romper con estructuras binarias que nos encorsetan y nos hieren no deberíamos preguntarnos ¿de donde surge esa necesidad tan acuciante de determinar una identidad de género a tan temprana edad (sea cis o trans)? ¿No nos habla de una sociedad que no permite simplemente ser?

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No creo ser más mujer por haber nacido con caracteres sexuales femeninos que otra mujer que se sienta mujer a partir de algún momento de su vida. Tampoco me siento “borrada” como mujer porque las personas trans tengan reconocidos sus derechos. Sí creo que habrá que debatir sobre que significa “sentirse o ser mujer”. No comparto esa esencia de ser mujer. Creo que habrá tantas formas distintas de sentirse mujer como mujeres hay en el mundo. Sin embargo, lo que si tenemos en común todas (las que nacemos mujeres o las que deciden serlo) es la opresión y la desigualdad por el hecho de ser “leídas” como mujeres en la sociedad. Ahí es donde radica la clave del enfoque feminista. La autodeterminación de género (como propone la ley) debe ser un derecho, pero no debe en ningún caso invisibilizar la desigualdad estructural que se produce ante todas las personas y conceptos simbólicos asociados a la feminidad respecto de la masculinidad hegemónica. Es en este punto donde algunos sectores del feminismo muestran sus reticencias a la nueva ley. 

Si sueño con una utopía libre de opresiones y desigualdades de género me gustaría habitar un mundo donde las personas (todas) nos sintiéramos a gusto con nuestros cuerpos y, desde ahí, decidiéramos libremente cuál va a ser nuestro recorrido vital independientemente de nuestros genitales al nacer. De momento no estamos aquí. La desigualdad permanece y hay que combatirla para todas las personas que la sufrimos.

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