LIBERTAD CONDICIONAL

Facha chic

Si banalizamos la palabra fascismo y la aplicamos como insulto a cualquier cosa, no nos sorprenda que llegue el fascismo pop, el fascismo kitsch... ¡o el fascismo chic!

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Selfis en el campo de exterminio de Auschwitz.

Selfis en el campo de exterminio de Auschwitz.

Cuando yo tenía 16 años, en 1982, tuve una camiseta en la que se leía "Hitler’s World tour 1939-45". Imitaba a las camisetas promocionales de grupos de gira. Cada ciudad invadida por Hitler en la guerra se reseñaba como una fecha de concierto. Londres aparecía como "cancelado". Una joya que entonces solo podía conseguirse en un concierto de The Primitives, que eran quienes la vendían como merchandising. Merced a internet, hoy cualquiera se puede comprarla por 15 euros,

En 1982, el líder de Glutamato yeyé llevaba un flequillo y un bigote idénticos a los de Adolf Hitler; había un grupo que se llamaba Spandau Ballet, otro que se llamaba Joy Division (aludiendo a los campos nazis); Fernando Márquez, de La Mode, era falangista; Jaime Urrutia abrió un concierto en el Rockola con "somos Gabinete Caligari y somos fascistas"; Sid Vicious llevaba una camiseta con la esvástica, Siouxsie Sioux e Iggy Pop la llevaban en brazaletes … Y creo que no había una solo chico en Rockola que no hubiera llevado alguna vez una camisa negra fascista, button up y con charretera.

Homenaje a la División Azul

¿Teníamos ideario político los que bailábamos haciendo el saludo nazi y pegando patadas de pogo al ritmo del estribillo de aquel tema en alemán de la D.A. F: Der Mussolini, Der Adolf Hitler? ¿Bajo la fascinación por el nazi chic latía alguna reivindicación? Claramente ¡no! Yo me compré una gorra de plato nazi en Kahniverous, cuya dueña, Jane Kahn, era… judía. 

Isabel Medina Peralta es una joven de 18 años famosa porque le grabaron mientras recitaba un discurso ensalzando a los caídos de la División Azul. "El judío es el culpable", se le oye decir. Llevaba una melena 'bob' impecablemente cortada, el 'eyeliner' delineado, los labios rojos, y una camisa que cuesta 50 euros en Lyle &Scott. Look de 'influencer'. 

Dice en una entrevista: "No me posicionaba políticamente hasta que me llamó la atención que todos los medios siempre concordaban en que el fascismo era demoniaco». Eso me recordó a cuando yo me tenía que poner la camiseta de Hitler a todo correr antes de entrar al Rockola. Sabía que me podían pegar en la calle por llevarla puesta, y que mi madre no debía verla nunca. Razón suficiente para querer lucirla, por supuesto.  

¿Hay tanta diferencia ente Isabel y yo? ¿No ha elegido ella la opción más antisistema posible, la más provocativa, la más epatante? Estamos en una época en la que parece que quemar contenedores y cajeros es una práctica aceptable, en la que rapear "que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono" o "Patxi López, mereces que te explote el coche" es el colmo del 'hype'. Se puede y se debe ser violento, vándalo, macarra... ¡pero no se puede ser fascista!

‘Efecto boomerang’

Facha es el insulto comodín que hoy todo el mundo tiene a flor de labios. Ni siquiera puedo contar las veces que me lo han dedicado a mí en los últimos cuatro meses. Miles, seguro.

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En 'marketing', se habla mucho del 'efecto boomerang': cuando un mensaje produce un cambio de actitud en el destinatario en dirección totalmente opuesta a la que se esperaba. ¿No lo estaremos creando? Porque la consigna de "épater le bourgeois" nunca muere entre la juventud.

Si banalizamos la palabra fascismo y la aplicamos como insulto a cualquier cosa, sea fascismo o no, no nos sorprenda entonces que llegue el fascismo pop, el fascismo kitsch... ¡el fascismo chic!