Ciudad en llamas

La policía que el Govern independentista publicitaba hace solo tres años como paradigma de virtudes, hoy es puesta bajo sospecha por el mismo Govern, dejada a su suerte, desdeñada como un juguete roto

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Un mosso d’Esquadra, ante una moto en llamas durante las protestas por la prisión de Pablo Hasél.

Un mosso d’Esquadra, ante una moto en llamas durante las protestas por la prisión de Pablo Hasél. / FERRAN NADEU

La noche refulge en la ciudad con destellos de apocalipsis zombi. Las llamas danzan y su reflejo caracolea en las fachadas. Un penacho de negras columnas de humo se eleva sobre las azoteas del distrito central. La razón ha sido cancelada. Una ira ciega y dispar se extiende por el asfalto.

Un rapero pena en la cárcel por el único delito de cuantos haya cometido que no debiera ser delito. Chicos y chicas heterogéneamente furiosos queman contenedores y vehículos, destrozan señales, bancos, papeleras y semáforos, revientan escaparates, saquean tiendas, atacan un periódico en nombre de la libertad de expresión. Un proyectil disparado supuestamente por la policía deja tuerta a una muchacha.

Ruge una furia híbrida. Tras una década de calvario económico y social, de corrupción y desafíos políticos irresponsables, de legiones de jóvenes condenados a la desesperanza; tras una década ominosa coronada ahora por la mayor emergencia sanitaria conocida y otra catástrofe económica; después de todo esto las calles están regadas con combustible, listas para el chispazo. Un hilo candente, un síntoma estremecedor enlaza los estallidos asimétricos de Barcelona, de Madrid, de Linares, de tantas ciudades.

Patinazos gubernamentales

Arden las calles y los gobiernos de coalición patinan, en Madrid y en Barcelona. Dentro de ambos ejecutivos emerge sin recato ni rubor la oposición. La autooposición, el sumun del cainismo patrio.

En el Ejecutivo catalán en funciones, la paradoja es insuperable. Los posconvergentes, que mandan en Interior desde su creación con la sola pausa de los mandatos de Maragall y Montilla, se echan encima de los Mossos mientras las hogueras rusten la ciudad. El propio ‘conseller’ de Interior se suma a los reproches. La policía que el Govern independentista publicitaba hace solo tres años como paradigma de cuerpo moderno, democrático y eficaz, una estructura fundamental de la república pintada como una puerta sobre un muro, hoy es puesta bajo sospecha por el mismo Govern, dejada a su suerte, desdeñada como un juguete roto.

Pinza sobre ERC

La acrobacia posconvergente es extraordinaria. Los Mossos fueron instrumentalizados antes -con saña inclemente contra el ‘conseller’ Saura- y son instrumentalizados ahora. Hoy, la pirueta de Junts es un movimiento táctico en la negociación independentista sobre el Gobierno de la Generalitat. ERC está sometida a tormento por la tenaza que forman los conservadores de Puigdemont y los anticapitalistas de la CUP. Una pinza forjada a cuenta de los Mossos que comanda aquel Trapero antes adorado en el altar de las deidades indepes y hoy secularizado por la falta de fe que mostró en los juicios del 1-O. La acrobacia es más que extraordinaria, es casi casi sobrenatural.

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En la coalición del Gobierno central, la semana comenzó con una reyerta por tres leyes contra la discriminación. Quizás el trompazo de Cs y el PP en las elecciones catalanas pueda haber envalentonado al PSOE y a Podemos. Como si creer grogui al rival les diera margen para entregarse al ajuste de cuentas interno. Como si esto les pudiera salir gratis con la que está cayendo. Como si todo fuera un inocuo juego de mesa de estrategia. Como si las ciudades en llamas no tuvieran relación alguna con la falta de diligencia en la reforma de la ley mordaza prometida por el PSOE y Podemos.

Arden las calles y los gobiernos patinan. La doblez y la incapacidad de comprender y manejar la realidad son un manguerazo de queroseno sobre la ciudad en llamas.