La crisis del PP

La sombra de un ciprés llamado Fraga

Pablo Casado ha desarrollado una tendencia al desasimiento que le permite librarse de padrinos, fichajes, ideas y sedes según sople el viento

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La sede del PP en la calle de Génova, en Madrid.

La sede del PP en la calle de Génova, en Madrid. / EFE / Fernando Alvarado

"No es lo mismo perder que no llegar", dice don Mateo a sus alumnos en ‘La sombra del ciprés es alargada’, novela en la que Miguel Delibes narró el estirón emocional de Pedro, un huérfano que crece convenciéndose de que es mejor no atarse ni a cosas ni a personas para no llorarlas cuando se pierdan, se alejen o mueran. En eso consiste, de forma esquemática, la "teoría del desasimiento" que elaboró el escritor en las páginas de ese libro que a él le parecía "un pastiche" y a mí, bellísimo.

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El desasimiento invita a desprenderse de lo querido antes de que otro nos lo arrebate y algo así parece haber hecho Pablo Casado con Génova, 13. Para cortar con el pasado y la corrupción, dice, como si fuera una maldición y no el mal hacer lo que ha llevado a los suyos hasta aquí. Pero nadie, ni siquiera él, dijo nunca que ser liberal librara de la superstición.

El líder popular asegura también que no nombrará más a Luis Bárcenas, ni a Ángel Sanchís ni a ninguno de los que se sientan estos días en el banquillo por la caja b de su partido. El nombre que no refiere, sin embargo, es una sombra más larga que la del ciprés ‘delibiano’, Manuel Fraga, el mentor que eligió esa sede y metió en ella a todos a los que Casado ha jurado no mentar. Fue cuando el exministro de Franco maquilló Alianza Popular y la convirtió en el Partido Popular.

Ora 'aznarista', ora 'marianista'

No sé qué pensaría Delibes –mi primer entrevistado; desde una cabina; mediando entre nosotros seis décadas y 600 kilómetros– de que lo mezcle aquí con Fraga, posiblemente la persona que más problemas le dio en su tarea como periodista en ‘El Norte de Castilla’. Creo que lo entendería: 60 años en política dejan muchas consecuencias y una figura con tanto peso, aunque haga nueve años ya que no respira, es también una noticia.

Su herencia no molestó a Casado hasta que empezó a acumular elecciones perdidas y por eso, hace un año compartía elogios sobre Fraga en el aniversario de su muerte, pero en 2021 dejó casi solo a Alberto Núñez Feijoó en la efeméride. No es de extrañar: el líder popular –que no es huérfano, como sí lo es Pedro en la novela– reniega de sus dos padres políticos a conveniencia y por eso unos días es ‘aznarista’ y otros ‘marianista’. La novedad es que, desde hace un tiempo, también niega al "abuelo". Deshacerse de la sede es una señal, también decirle a Feijóo, con las cámaras como testigo, que es el mejor presidente que nunca tuvo Galicia.

Desesperación pragmática

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Se entiende la desesperación, que no es existencial como la del chiquillo del libro, sino pragmática. El desastre electoral de abril de 2019 mermó los fondos del partido; su liderazgo parece siempre amenazado; los casos judiciales aún tardarán en acabar y la debacle electoral en Catalunya exacerba su tendencia al desasimiento con el que se libra de padrinos, fichajes e ideas según sople el viento. Fraga también sabía hacerlo, sobre todo con los subalternos, como se lee en 'Bárcenas. La caja fuerte: los papeles secretos del tesorero del PP', de Marisa Gallero. No con sus referentes: él nunca renegó de Franco.

Fraga acabó como senador, después de mandar en Galicia y en su partido. No está mal si su aspiración no hubiera sido siempre La Moncloa. Así que suponiendo que, además de censurarlo, leyera a Delibes, no entendió bien su teoría del desasimiento, que aconseja no desear nada o desear cosas modestas. Es un precepto budista, pero no es esa fe, sino el catolicismo –que anhela el cielo– lo que aún impera en España y en su partido. Está por ver si Casado elegirá no llegar o perder de nuevo.