Ascenso ultra en Catalunya

El escándalo de Vox

¿En qué se basaba esa idea tan falsa como inquietante de que Catalunya era impermeable al populismo? El propio 'procés' no es ajeno por completo a él

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El escándalo de Vox

EFE/Marta Pérez

¡Qué escándalo! ¡Cómo ha podido convertirse Vox en la cuarta fuerza del Parlament! Incredulidad, estupor, consternación. Muecas de esto y lo otro. Tanto llanto y crujir de dientes solo pueden ser fruto de la creencia, tan falsa como indicadora de un inquietante sentimiento de superioridad, de que Catalunya era un ente impermeable al populismo y la ultraderecha.

Es lógico preocuparse por el avance ultra en las instituciones democráticas. No lo son las muecas de perplejidad, como si nada de todo esto estuviese anunciado. La extrema derecha asciende desde hace años en todo Occidente. Gobierna en Polonia y Hungría, dentro de la UE. Tiene fuerte presencia en los parlamentos de Francia, Alemania, Austria, España, Dinamarca, Bégica (Puigdemont, protegido del partido ultra Vlaams Belang, puede dar fe), los Países Bajos, Suecia o Finlandia. Tiene el poder en Brasil y hasta hace dos días lo tenía en Estados Unidos e Italia.

¿En qué se fundamentaba esa vaporosa idea de la impermeabilidad catalana? Los ultras de Le Pen ganaron las últimas elecciones europeas en Francia con un 23,3% de los votos. En las presidenciales de 2017, Le Pen perdió frente a Macron, pero cosechó el 25,3% en la primera vuelta y el 33,9% en la segunda. En las últimas generales españolas, en noviembre de 2019, Vox irrumpió en el Congreso con el 15,2%.

¿Tan extraño es que en 2021, en una Catalunya fracturada por el ‘procés’ independentista y fatigada y cabreada por la pandemia y la mastodóntica crisis económica, los ultras logren juntar el 7,69% de los votos? ¿Acaso los catalanes descendemos de un tipo distinto de monos, que diría el añorado Perich?

Los antecedentes

La xenófoba y autóctona Plataforma per Catalunya, de Josep Anglada, se quedó en 2010 a solo seis décimas de punto porcentual de entrar en el Parlament. Reunió entonces 75.000 votos, más de una tercera parte de los casi 218.000 que Vox ha obtenido ahora.

El propio ‘procés’ no es ajeno por completo al brexit y otros fenómenos populistas contemporáneos. Sus filas están atravesadas por manifestaciones xenófobas. No son solo personajes periféricos, como Josep Sort, presidente del independentista Reagrupament, que fue apeado de la lista electoral de Junts por sus insultantes vomiteras en las redes. Es también un presidente de la Generalitat, Torra, quien hubo de borrar a toda prisa el rastro tuitero de su yo supremacista cuando Puigdemont lo nombró su sucesor.

Por lo tanto, hay motivos para la alarma, pero no para la sorpresa. El populismo ultra se alimenta en toda Europa de fenómenos similares: el empobrecimiento de las clases populares, la indefensión ante la voracidad del capitalismo desregulado, la apoteosis de la desigualdad social, la estigmatización de la inmigración...

La miopía

Desamparo, miedo, odio. En esta mixtura crece el populismo. En España, por supuesto en Catalunya, el desafío independentista puede haber acelerado el proceso, pero sin él se habría producido igualmente. No hay razón para que España hubiera quedado al margen de un fenómeno que empapa a todo Occidente.

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Tan miope es sorprenderse por el auge de Vox como pensar y actuar como si todos sus votantes fueran fascistas. Como en toda Europa, la mayor parte de la bolsa electoral de Vox está integrada por desposeídos, ciudadanos perdidos en la desesperanza, la indefensión, el temor, la rabia.

Si hay un modo de frenar la deriva populista de la sociedad, es tomando conciencia de sus causas, y poniéndoles remedio, claro, no entregándose a un autocomplaciente festival de aspavientos farisaicos.