Editorial

Lo que el 14-F ha cambiado

Los condicionantes electorales ya no son excusa para seguir dilatando una y otra vez los gestos que ayuden a avanzar hacia una salida del laberinto

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Salvador Illa y Pere Aragonès.

Salvador Illa y Pere Aragonès.

Lo primero que hay que constatar una vez celebradas las elecciones en Catalunya son los cambios que se ha producido a ambos lados de la línea casi impermeable que separa a independentistas de constitucionalistas o unionistas. En un hemisferio se ha impuesto el PSC, mientras que en el otro lo ha hecho Esquerra Republicana. Han sustituido, respectivamente, a Ciutadans y a Junts per Catalunya. Ello debería facilitar sin duda el acercamiento y el diálogo, toda vez que ambas formaciones se han pronunciado a favor de la vía política para avanzar en la solución del conflicto. Sin embargo, es difícil que haya movimientos en esta dirección mientras el Gobierno de Pedro Sánchez siga dilatando su decisión sobre los indultos a los presos independentistas y mientras no se retome la mesa de negociación Estado-Generalitat, esta vez con seria voluntad de ir más allá de una fotografía protocolaria y con un representante del Govern sentado en ella que no tenga como objetivo torpedearla. Y mientras no se constituya un Govern que no esté cautivo de una estrategia maximalista. Los condicionantes electorales ya no deben ser un motivo para diferir decisiones.

Esquerra ha actuado intermitentemente como aliada de Pedro Sánchez en el Congreso, un elemento que ha de favorecer el clima de confianza necesario para poder alcanzar resultados tangibles. En este contexto, Sánchez tendría que ser capaz de ofrecer a Catalunya una propuesta ambiciosa, algo que el PP rehuyó durante años y que de momento tampoco el PSOE ha concretado. El resultado de En Comú Podem, que conserva sus ocho diputados y puede considerarse un aval, ayuda a la estabilidad del Ejecutivo español así como a la apuesta por el diálogo.

Pese a una participación que, desgraciadamente, fue la más baja desde 1980, el 14-F han confirmado que lo que algunos llamaron «el suflé independentista» se encuentra lejos de desaparecer aunque tenga menos consistencia de lo que algunos creen. Un dato que debiera actuar de acicate para una profunda reflexión en el PSOE y entre los partidos que combaten no solo al independentismo sino también la idea de un referéndum legal y acordado.

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Pero no acaban aquí los cambios, ni su onda expansiva. Pese a la meritoria campaña de su presidenciable, Alejandro Fernández, el PP ha cosechado, con solamente tres diputados –uno menos que en diciembre de 2017–, un mal resultado. Sin duda los graves escándalos de corrupción en los que se halla envuelto el partido tienen que ver con el resultado, aunque por supuesto no constituyen la única explicación. Sea como fuere, hay que confiar que el 14-F no empuje a Pablo Casado a dar otro bandazo y se lance nuevamente en pos de la estela de Vox, y que interprete que el error a corregir es la colaboración y legitimación de la extrema derecha, no los breves paréntesis de moderación por los que ha pasado en cada periodo electoral. El partido ultra, por su parte, ha irrumpido con vigor en el Parlament, lo que demuestra que algunas de las cosas que suceden en Catalunya se asemejan mucho a las que ocurren en España, en Europa y en el resto del mundo. 

Ciutadans ha confirmado su acelerado derrumbe. Los electores más radicalmente antinacionalistas de Ciutadans han concluido que quien ahora mejor puede representarles es Vox, mientras otros tantos han optado por regresar a un planteamiento menos crispado reflejado en la candidatura de Illa. A Inés Arrimadas se le presenta ahora un dilema quizá aún más difícil que el del PP, y de nuevo no parece que la reacción más adecuada –en todo caso, seguro que no para la estabilidad del país– sea competir con Vox utilizando sus mismas armas.