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Margarit, en la definitiva ligereza

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 Felipe VI entrega el Premio Cervantes 2019 al Joan Margarit, en el Palacete Albéniz, el pasado mes de diciembre

Felipe VI entrega el Premio Cervantes 2019 al Joan Margarit, en el Palacete Albéniz, el pasado mes de diciembre / JOSÉ JIMÉNEZ HANDOUT

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No por esperada ha sido menos cruel la noticia. Joan Margarit, que ha sido un prodigio de lucidez, sabía sin el menor dramatismo que caminaba a pasos cortos hacia la pérdida de gravedad, hacia la disolución del sentido que damos a palabras como “antes” y “después”. Su vida de poeta admirado y laureado ha quedado encerrada entre esos dos adverbios que designan misterios profundos: el antes y el después de la existencia. En el epílogo de su último libro, 'Un hivern fascinant' (2018), afirmó que esos enigmas se le habían equilibrado en una nueva ligereza porque el mañana había sido barrido por el olvido y el pasado, tan remoto ya, también era ya pasto de la desmemoria. Rayaba entonces en los ochenta años y sentía que la voz que le dictaba sus poemas, siempre la misma —una vida es demasiado corta, decía, como para tener varias voces—, venía de una larga carrera desde la infancia, saltando obstáculos y dando rodeos, haciéndose a base de golpearse contra el mundo real, para llegar adelgazada, despojada de equipaje, a un presente invadido por las ruinas de las antiguas ilusiones donde, con todo, pervivía el fulgor de la verdad y la belleza.

Los dos años transcurridos desde entonces no han sido buenos para Margarit, quizá sí para el poeta, que ha recibido el premio Cervantes, enésimo de los suyos y el primero que se concede a un escritor que fue bilingüe por obligación y luego lo fue por devoción a las dos lenguas. En el discreto acto de entrega, a finales de diciembre, en el Palacete Albéniz, sacó del bolsillo unos últimos poemas en catalán y castellano de versos rotundos hechos con el idioma de la calle. Ha seguido escribiendo mientras ha podido y con tal generosidad que este mismo mes ha regalado un poema impresionante a la revista Ínsula por su 75 aniversario. En él recuerda que su alegría vital viene de la pobreza, del niño cuya voz, modulada por el tiempo, ha seguido sonando hasta hoy mismo. Apelar a la hermosura de sus últimos versos es en este momento el mejor homenaje: «A vegades, en l’ampli però silenciós / paisatge se secà de l’edat que ara tinc, / sento els ulls de l’infant interrogant-me, / somrients, confiats, sobre si ja arribem / al lloc on sempre li vaig dir que anàvem». El lugar de la definitiva ligereza.