El desafío independentista

Suma y sigue

Me temo que la nueva 'hoja de ruta' de un independentismo que ha logrado la mayoría absoluta de escaños y, por primera vez, de votos, tampoco la escribiremos entre todos

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Jordi Cuixart.

Jordi Cuixart.

Telegráficamente. El PSC ha ganado las elecciones. ERC es la segunda fuerza –empatada a escaños– y arrebata el liderazgo independentista a JxCat. El PDECat, que se queda sin representación, le resta unos votos decisivos. Vox entra con fuerza en el Parlament: será el cuarto partido al haber logrado el doble ‘sorpasso’ de C’s y PP, a caballo del voto de castigo y la tensión identitaria. ECP aguanta y la CUP dobla sus diputados. La ‘fatiga pandémica’ se refleja en la participación, la más baja del ciclo autonómico: 1,5 puntos menos que la de 1992 (55%). El independentismo suma y sigue: logra la mayoría absoluta de escaños y, por primera vez, de votos (50,7%).

Hasta aquí puedo leer. Dejo para los politólogos el análisis pormenorizado de las cifras. Como ciudadano, más allá de la Catalunya empatada consigo misma que reproduce de nuevo las urnas, me interroga una cuestión de fondo que verbalizó Jordi Cuixart, presidente de Òmnium Cultural, a inicios de la campaña en Catalunya Ràdio. Cuixart, desde su posición de líder independentista no alineado, logró forjar la única imagen de unidad de los políticos presos –de JxCat y de ERC– en su particular duelo electoral: una foto en el Palau Robert con el lema ‘Amnistia’.

Padres e hijos

Cuixart hizo una constatación –“el que sufre más la prisión son los padres”– y, en consecuencia, planteó la cuestión nuclear: “¿Estamos dispuestos a asumir que nuestros hijos vayan a la cárcel? ¿Estamos dispuestos a luchar hasta el punto de que nuestros hijos vayan a la cárcel si es necesario? Esta es la pregunta que todos debemos hacernos. ¿Estamos dispuestos a que puedan pasar largas temporadas de cárcel con el objetivo de que este país pueda decidir cuál debe ser su futuro político?”. Contestó en clave binaria: “Si la respuesta es que sí, hemos dado un paso de gigante. Si la respuesta es que no, entonces nos hemos de plantear según qué estrategias”. El presidente de Òmnium argumentó así su respuesta afirmativa: “El Estado tiene el aparato represivo muy bien engrasado y, por tanto, nosotros debemos revertirlo: hacer una llave de yudo; utilizar la prisión como respuesta a su régimen totalitario”.

¿Seguirá siendo esta la lógica de la nueva ‘hoja de ruta’? ¿Se seguirá dictando extramuros del Parlament? Así ha sucedido hasta ahora. Desde aquel grito de “President, posi les urnes” de Carme Forcadell, en sus tiempos de presidenta de la ANC, hasta el documento suscrito ahora por los partidos independentistas, a iniciativa de un grupúsculo escindido de la propia ANC, comprometiéndose, “sea cual sea la correlación de fuerzas salida de las urnas”, a no pactar “en ningún caso” un Govern con el PSC.

Hito catalán

Catalunya, que ha ido acumulando días e hitos históricos, es el primer país europeo en el que se levanta un ‘cordón sanitario’ contra la socialdemocracia. El objetivo no es ideológico sino identitario: achicar el espacio central del PSC, un partido que desde su fundación defiende un catalanismo integrador que intenta abrazar la pluralidad de sentimientos de los ciudadanos de Catalunya, en feliz expresión del presidente Tarradellas.

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Pedro Sánchez, en el cierre de campaña, hilvanó este razonamiento: “Esa es su propuesta para Catalunya: odio eterno. Esa es la Catalunya que quieren para sus hijos: división y confrontación perpetua. No les quieren dejar un país; les quieren dejar una trinchera”. Sánchez, si es coherente, debería sacar sus propias conclusiones en política española, tanto en su relación con ERC como con sus socios de Podemos, sobre todo con Pablo Iglesias: inició la campaña ofendiendo la memoria del exilio republicano y la cerró cuestionando la ‘normalidad’ –un término muy progresista– de la democracia española.

Mientras el presidente Sánchez deshoja la margarita, les avanzo mi respuesta a la pregunta de Cuixart: no estoy dispuesto a que mis hijos vayan a la cárcel. Tengo una hija y dos hijos que se abrieron camino fuera de Catalunya: Rabat, Amán, Fortaleza, Madrid, Lausana, Múnich. Solo hemos intentado inculcarles la cultura del trabajo, el respeto al otro y el valor de la libertad que, en palabras de Rosa Luxemburgo, es siempre la libertad del que piensa diferente. En síntesis: acato el resultado de las urnas, pero me temo que la nueva ‘hoja de ruta’ tampoco la escribiremos entre todos. Ojalá me equivoque.