Alto, no tan deprisa

Junts puede poner a ERC condiciones muy incómodas, incluso amenazar con la repetición electoral. Pero ha perdido la corona, depende de los recursos del poder y fuera de él hiela hasta la gangrena

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Alto, no tan deprisa

El resultado de las elecciones catalanas delimita un campo de juego enrevesado, sembrado de paradojas. No habrá cambio, cambio en mayúsculas, se entiende, pero nada será exactamente igual. El 14-F encerraba tres incógnitas principales y las tres han sido despejadas. Sin embargo, la ecuación no ha quedado resuelta. No hay garantía sólida de que la larga parálisis gubernamental que aflige a Catalunya se esté acercando a su fin.

Primera incógnita despejada: ERC logra invertir la correlación de fuerzas en el campo independentista. Por primera vez los republicanos superan a los posconvergentes en unas autonómicas y se colocan en situación de presidir la Generalitat.

Segunda: el PSC, propulsado por Illa, pone fin a una travesía del desierto de una década de duración. Los socialistas renacen súbitamente y ganan una cita electoral en Catalunya por primera vez desde 2008.

Tercera: las urnas alumbran dos mayorías parlamentarias posibles, una independentista y otra de izquierdas. Esquerra tiene la llave de ambas.

Posible pero improbable

La resolución de estas tres incógnitas podría modelar un nuevo tiempo político en Catalunya. Alto, no tan deprisa. Esta hipótesis es posible, pero poco probable. El bloque independentista amplía su mayoría unas décimas por encima del 50%, merced al estirón de la CUP y la baja participación electoral, y el sorpasso republicano al partido de Puigdemont es ínfimo. El escaño y los 35.000 votos que Aragonès le saca a Borràs no le hubieran dado la hegemonía sin el roto posconvergente, por el que se desagregan y pierden los 77.000 votos del PDECat.

El raquitismo de la victoria de ERC en la larga guerra interna nacionalista hace inverosímil una descongelación de los bloques que fracturan la política catalana. Aragonès necesitaba una ventaja holgada que bendijera y reforzara el giro pragmático de Esquerra. Sin ella, las posibilidades de rechazar el abrazo de oso de Junts y girar vista a la izquierda se encogen considerablemente.

Illa intentará presentarse a la investidura si Aragonès no se adelanta fraguando una mayoría relámpago. De todos modos, el socialista sabe que no logrará la presidencia, pero no incurrirá en la fatal dejación de funciones de Arrimadas en el 2017. El PSC no se autoamputará su condición de alternativa de gobierno; cumplirá el trámite y afianzará su posición para disputar el segundo asalto, llegue cuando llegue. Este es el empeño de Illa.

Las cartas de Puigdemont

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Junts puede poner a Aragonès unas condiciones muy incómodas para reeditar una coalición de gobierno. Una enmienda a la totalidad de la real-politik republicana, el regreso al fundamentalismo. Puigdemont, atrapado por su circunstancia,  podría verse tentado de envidar con la amenaza de una repetición electoral. Pero sus cartas no son buenas. Acaba de perder la corona independentista precisamente en el momento en que este bloque amplía su mayoría en el Parlament. Forzar una vuelta a las urnas podría propiciar un aumento de la participación metropolitana si el virus aflojase y un posible avance de Illa en el segundo asalto. Y Junts, carente de estructuras orgánicas y territoriales firmes, es un gran dependiente de los recursos asociados al poder político. En estas condiciones, fuera del Govern no es que haga frío, hiela hasta la gangrena.

Vienen días enrevesados. De nuevo.