El teatro político

Ya tenemos reparto

Por fin, ya tenemos compañía. Superado el proceso de selección, habrá que ir pensando en el estreno y el repertorio. ¿Drama? ¿Farsa? ¿Melodrama? ¿Vodevil desternillante?

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Varias personas votan en el colegio electoral del polideportivo municipal de Palau en Girona, a primera hora de este domingo.

Varias personas votan en el colegio electoral del polideportivo municipal de Palau en Girona, a primera hora de este domingo. / EFE / David Borrat

Todo productor teatral sabe que lo más importante al inicio de cualquier proyecto es acertar con el reparto. Un buen reparto, una buena nómina de actores, supone un elevado porcentaje en el éxito de la producción. Un reparto equivocado, una mala distribución de papeles, conlleva empezar con el pie cambiado y andar tropezando hasta el final. 

Siguiendo con el símil del teatro podemos entender que, en las últimas semanas, los políticos que encabezaban las listas, aspirantes (o no) a la presidencia de la Generalitat, se han presentado a un 'casting' en el cual debían demostrar su idoneidad (o no) para el puesto en litigio. Todos han tenido su tiempo en el escenario. Unos lo han aprovechado para convencernos de sus capacidades, que es lo que importa, y otros lo han utilizado para descalificar con saña al contrincante. Nada que objetar. Cada uno es dueño de sus actos. Solo que a partir de aquí ya no puedo seguir con el parecido teatral. Porque en los 'castings' propios de mi oficio he visto, a lo largo de los años, a cientos de actores compitiendo honestamente unos con otros. Los he visto luchando por hacerse con el personaje objeto de deseo y tener, así, un puesto en el reparto. Y los he visto sin más aspiración que darse a conocer ante el director o productor de fama. He visto ganas, tesón, empeño. Pero lo que no he visto nunca -repito, nunca-, es que alguno de ellos aprovechara su convocatoria para descalificar al oponente. Nunca. A nadie. Es más, los he visto colaborando generosamente con el contrario. Aplaudiendo, con entusiasmo incluso, el mérito ajeno. Y, por supuesto, lo que no he visto jamás -repito, jamás-, es que un grupo de ellos se confabularan (papel, pluma, fecha, firma y DNI) para cerrarle el paso a ninguno de sus rivales. Pero claro, estoy hablando de la gente del teatro. De los actores, raros ellos e inclasificables. Frívolos e impredecibles. De comportamiento errático. Otra cosa son los políticos. Y otra muy distinta (he aquí el "aire arisco y las abiertas fauces agresivas" de que hablaba Rubén Darío), ciertos políticos en campaña.

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Ahora, por fin, ya tenemos compañía (vuelvo, con ella, a las similitudes con el teatro). Superado el proceso de selección, habrá que ir pensando en el estreno y el repertorio. ¿Drama? ¿Farsa? ¿Melodrama? ¿Vodevil desternillante? Del acierto en la elección dependen el éxito y la continuidad. A partir de hoy, habrá que estar pendientes, pues, de lo que anuncien los carteles. ¿Cuales serán los títulos de la temporada? ¿Quizás 'El perro del hortelano' (el que ni come ni deja comer, ya saben) del genial Lope de Vega? ¿O veremos otra vez 'Traición', de Harold Pinter? ¿Cabe pensar en una nueva versión de 'Esta noche se improvisa', de Pirandello? ¿O tendremos que conformarnos con la enésima reposición de 'La comedia de las equivocaciones' que, por muy de Shakespeare que sea, no deja de ser frustrante y descorazonadora?

Las respuestas, de haberlas, en los próximos días. O meses. O años.