Falta de rigor en el oficio de informar

Periodismo sin periodistas

Pablo Iglesias aúna en su persona los roles de vicepresidente del Gobierno, entrevistador, analista de prensa y polemista. ¿No disminuye la calidad democrática la lucha en el barro que ha emprendido él?

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Pablo Iglesias, en el Congreso.

Pablo Iglesias, en el Congreso. / EFE / J. J. GUILLÉN

En España no está prohibido que un periodista tenga el carné de un partido, algo que sí está regulado en países como Canadá, donde desde hace un tiempo incluso se plantean implantar una especie de cuarentena para quienes se pasen a la política y luego vuelvan al periodismo. Cuando me interesé por este tema, algunos compañeros pensaron que esa precaución era excesiva. Cinco años después, no pocos creen que estaría bien que el oficio de informar estuviera mejor regulado. Sobre todo hoy, que ese camino de ida y vuelta se está llenando de figuras intermedias. Pablo Iglesias es una de ellas pues aúna en su persona los roles de vicepresidente del Gobierno, entrevistador, analista de prensa y polemista

Los periodistas no operamos a corazón abierto, pero de otra manera las vidas de la gente también están en nuestra manos. De ahí la importancia de mantener el rigor, la distancia con las fuentes, especialmente las institucionales, y preguntarse siempre por sus motivaciones. Y no es una cuestión de desconfianza ni de pureza, sino de higiene: la de la democracia, a la que el vicepresidente segundo en España nota incompleta.

Últimamente, sin embargo, algunos de sus comportamientos públicos también la merman. Por ejemplo, su interés, a veces obsesivo, por periodistas, periodismo y gente que parece que se dedica a ello pero nada más lejos. Esperen antes de mentar el corporativismo, pues no son pocas las cosas que se hacen mal en el ecosistema mediático que permiten que Iglesias no vea nada pernicioso para la democracia en que haya un diario digital dirigido y escrito por gente de su partido

¿Por qué no hacerlo si va el oficio enarbolando banderas en tribunas, platós y redes sociales y faltando a las normas básicas del periodismo? Es lo que debieron pensar él y su partido, de donde salió el equipo de 'La Última Hora', que sabe lo que es un periódico y por eso sabe que lo que hacen no es informar sino combatir el ruido con un ruido de otra frecuencia y ocupar espacio mediático. 

No hay suficientes mecanismos de fiscalización y sanción para los informadores que así se llaman pero solo intoxican

Es algo que ve cualquiera, sobre todo quien está acostumbrado a comprar y leer la prensa, pero logran confundir a mucha gente. También lo logran periodistas de webs, diarios y cadenas que, como el vicepresidente, vislumbran la ganancia en el río revuelto. En su caso, aumentar las visitas de sus páginas; hacer negocio y amigos poderosos atacando a quienes no son de su cuerda, aunque sea media verdad –es decir, mentira– lo que cuentan. Es cierto que los colegios profesionales hacen dejación de sus funciones y que no hay suficientes mecanismos de fiscalización y sanción para los informadores que así se llaman pero solo intoxican. Pero también lo es que no son la mayoría. Ni siquiera la tónica, y por eso los políticos no deberían agarrarse a esos ejemplos para justificar su propia, e igual de burda, propaganda. Menos aún, por responsabilidad, hacerlo desde la vicepresidencia: ¿o no disminuye la calidad democrática la lucha en el barro que ha emprendido Iglesias?

Redactores al borde del descarrilamiento

En ese superpoblado universo de figuras intermedias, están también los redactores que no mienten, pero están siempre al borde del descarrilamiento. Y ojo, no se me escapa que lo de definirse como “activista” en 'bios' de Twitter puede ser una reacción a la proliferación de colegas que no asumen que el oficio de informar lleva implícito la defensa de los derechos fundamentales. Los reconocerá porque les enfada mucho lo "políticamente correcto” y porque les obsesiona el vicepresidente y su partido.

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Claro que una redactora puede tener opiniones, causas y fobias, pero para ejercer su trabajo sería deseable (por la higiene) que no las exhibieran en la solapa. Pero muchos políticos y periodistas conocen y comparten las tesis de Iván Redondo: “Son las emociones, estúpido”, dijo hace tres años el asesor para todo de Pedro Sánchez en una charla dedicada a la comunicación en tiempo electoral. Y las campañas no son ya de temporada, sino perennes, y si de lo que se trata es de impactar, es más efectivo un meme que una buena información o un programa electoral.

Dejen que acabe llorando un poquito: entre la precariedad; el amateurismo; los expertos lectores de prensa que atizan sin cesar creyendo saber cómo funciona un diario aunque el único que hayan visto por dentro es el de Jack Lemon en 'Primera Plana' y gobernantes que a pesar de parecer detestarnos no desaprovechan ocasión para hacerse pasar por uno de nosotros, se va a quedar el periodismo como le gusta al poder: sin periodistas. Y en ese caso, créanme, lloraremos todos.