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Más allá de estas elecciones

Catalunya necesita un difícil y laborioso pacto interno que le permita hablar -y reivindicar- con suficiente autoridad

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Carteles del PSC y ERC para las elecciones catalanas del 14 de febrero, en una calle de Barcelona.

Carteles del PSC y ERC para las elecciones catalanas del 14 de febrero, en una calle de Barcelona. / Elisenda Pons

El imprevisto documento de cuatro fuerzas independentistas para, sean cuales sean los resultados, excluir al PSC de la formación del nuevo Gobierno, ha marcado el final de la campaña. Y se ha avivado el temor a que el 'impasse' de los últimos años no tenga remedio y prosiga el estéril desgobierno de la pasada legislatura.

Tras los resultados de este domingo convendrá hacer fina aritmética parlamentaria y analizar las cosas con desapasionamiento. La sociedad y los partidos catalanes están muy divididos respecto a la relación Catalunya-España. Más concretamente sobre la independencia. Pero la polarización está lejos de ser absoluta. Hay pactos y entendimientos, básicamente a nivel local. Los casos más conocidos son el del Ayuntamiento de Sant Cugat, ciudad dominada por la antigua CDC durante largos años, y el de la Diputación de Barcelona.

En Sant Cugat gobierna desde las municipales de 2019 una coalición de ERC, PSC y las CUP. Y el pacto, liderado por una alcaldesa republicana, va razonablemente bien. Las disensiones son acotadas e incluso las CUP -me dicen- actúan con 'seny'. En la Diputación de Barcelona se tejió un pacto entre el PSC y JxCat-PDECat (entonces todavía mezclados) que, pese a todas las incidencias, se mantiene.  

¿Por qué estos pactos que pueden parecer poco naturales? Porque en San Cugat, o en la Diputación, es posible acordar un programa que no contradiga ningún gran objetivo de los partidos pactantes. El PSC y JxCat pueden acordar, por ejemplo, un plan de inversiones en vías verdes para regenerar la cuenca del Llobregat. Para eso es irrelevante la relación de Catalunya con España.

El PSC (Cs y el PP tienen menos fuerza a nivel local) puede pactar con independentistas en el mundo municipal sin que nadie renuncie al núcleo de sus creencias. El gran obstáculo para un Gobierno transversal en la Generalitat es que el nacionalismo convirtió -amputado en 2010 el Estatut de 2006- la independencia a corto (en las elecciones de 2015 se planteó un plazo de 18 meses) en el eje central del programa de gobierno

El final de la campaña ha confirmado las dificultades de un Gobierno transversal de independentistas y constitucionalistas

Es difícil y complicado un pacto transversal en la Generalitat mientras el independentismo -pese al lastimoso resultado de la declaración unilateral de 2017- crea, o quiera creer, que la independencia es el objetivo de mañana o pasado mañana. Y otra mayoría absoluta independentista -se acaba de palpar- puede bloquear cualquier tentativa transversal. Por otra parte, una mayoría constitucionalista es difícil. Aunque solo fuera por la irrupción de Vox

Esa podría ser la realidad del lunes. Pero Catalunya no debe seguir bloqueada mucho tiempo más. Un Gobierno que quiera pactar con España cambios constitucionales razonados, o incluso plantear la independencia en el marco europeo, está condenado al fracaso -y por lo tanto a que el país siga en un pernicioso marasmo- si solo tiene el aval del 47%, o incluso el 52%, de los votos. Si Catalunya quiere hablar con autoridad y ser escuchada necesita antes lograr un laborioso pacto interno que sea respaldado por unas dos terceras partes del electorado.

Ni será fácil alcanzarlo, ni sabemos cómo. Pero sea cual sea el resultado de este domingo, el independentismo se va a topar con límites difíciles de franquear. Al menos a corto plazo. ERC (y el PDECat) han empezado a verbalizarlo. Pero tenemos que salir del actual pantano que divide a Catalunya en dos mitades casi iguales respecto a la independencia y que la perjudica. 

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¿Cómo, cuándo? Estos días he leído un libro de un periodista francés, Jean-Michel Aphatie, admirador del general De Gaulle, y he encontrado una confidencia sobre Argelia del general a Edgar Faure, un inteligente primer ministro de la Cuarta República: “El error más común de todos los hombres de Estado es creer firmemente que en todo momento existe una solución a cualquier problema. Hay algunos periodos en los que los problemas no tienen solución. Es lo que pasa hoy en Argelia”.

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El general De Gaulle no podía decir a los franceses, en 1959, que el fin, doloroso y que no le gustaba, era la independencia de Argelia. ¿Puede hoy algún líder independentista decir a los suyos, desde la cárcel y en periodo electoral, que el camino a transitar -al menos por unos años y que para él no es el ideal- pasa por negociar y pactar algo en la línea del PNV, o del federalismo asimétrico que tanteaba Pasqual Maragall? ¿El PSOE y el PP -uno sería insuficiente- pondrían la oreja?

En Catalunya hay que repensar lo sucedido desde la discusión del Estatut de 2006. En Madrid, admitir que fue un error hacer de aquel Estatut una pelea entre los dos grandes partidos.