La lucha contra el covid

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Botellón en la plaza dels Àngels de Barcelona. / MANU MITRU

Muere Chick Corea y no es de coronavirus. Se va un músico descomunal pero nos quedamos con su música, aquella que primero escuchamos en vinilos y 'casettes' y ha perdurado en los formatos sucesivos, cd, mp4, 'streaming'….un legado que lleva atada como una huella indeleble la memoria los retazos de vida vividos mientras los escuchábamos. Muere de un cáncer, esa enfermedad que sigue ahí, como los distintos registros de una composición se superponen, percusión, bajos, piano….El Hospital Sant Joan de Déu alerta estos días del alarmante descenso de donaciones para la investigación, han bajado un 44% porque la principal fuente de recaudación eran los actos públicos y presenciales que se organizaban. El siempre precario equilibrio entre los focos de atención, las prioridades, nos enseña su rostro una vez más.  Los duros efectos de las restricciones no solo han golpeado a la economía de nuestra sociedad, que sigue su curso mientras el virus aún campa entre nosotros.

Las vacunas funcionan, aumentan al menos la inmunidad de manera clara en los primeros resultados de países que llevan más tiempo en el proceso y los temores a sus efectos secundarios caen drásticamente. En Reino Unido tuvieron que recurrir a Elton John y Michael Caine, actores consagrados, para llamar a la vacunación de los mayores aún desconfiados. “No duele”, dicen en el spot. 

Convencer a los más jóvenes es otro desafío. En EEUU han sido actores como Arnold Schwarzenegger quienes dieron ejemplo con la vacunación, y ahora el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades norteamericano (CDC) ha lanzado una campaña para insistir en el uso de mascarilla con el lema Mask Up America que protagonizan superhéroes, muy orientada a los jóvenes, esa patata caliente que queda en el camino a la inmunidad.

El día que rompemos la rutina

La atención está ahora en la vacuna, los mayores, y en pasar página a la tercera ola del coronavirus. Pero los fines de semana, como espejo de la realidad, nos dan pistas de lo que enfrentamos. La vida sigue y los sábados son días especiales. La escritora Susan Orlean recogió en ‘Sábado noche’ la experiencia de una quincena de sábados vividos a largo y ancho de EEUU para dar fe de la magia de este día de la semana en que nos liberamos de la rutina semanal, donde se concentran tradicionalmente actividades como la salida a discotecas, o al cine con palomitas, a cenar...generación tras generación así lo hemos asumido como normal. “A nadie le gusta admitir que ve la televisión un sábado por la noche”, decía en el libro publicado originalmente en 1990. El año 2021, con coronavirus, es otra cosa. 

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Los botellones se multiplican para dar salida al ocio restringido, cuando no las fiestas privadas que, no nos engañemos, organizan jóvenes y no tan jóvenes. La vida social busca los resquicios del sistema, y se salta los márgenes de la legalidad y lo que sanitariamente conviene. Cuando el epidemiólogo Fernando Simón constata que las autonomías que cierran la hostelería “bajan el doble de rápido los contagios", no es el sector el agente que contagia, es la efervescencia social, la relajación del encuentro, la retirada de la mascarilla, el cóctel de elementos. Y eso es exactamente lo que se reproduce en una fiesta en una casa o en un botellón multitudinario. 

Que las universidades se conviertan en espacios de vacunación, cuando pasemos a la fase masiva de control del virus porque tengamos suficientes dosis, será clave para consolidar la estrategia de lucha contra la enfermedad. Será un mensaje tan poderoso como el de una campaña publicitaria. No esperemos, igual que algunos han esperado a ver la efectividad de las vacunas para decidir ponérsela, a constatar las secuelas en el tiempo que deja el paso del covid por el cuerpo: ya estamos viendo los primeros estudios que arrojan un rosario de problemas crónicos de salud como huella física imborrable más allá del recuerdo de estos tiempos