Retorno de EEUU al acuerdo del clima

París no fue un sueño

Por primera vez, las tres grandes regiones desarrolladas del planeta, Europa, el norte de América y el este de Asia, están firmemente alineadas en un objetivo común: parar el cambio climático

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Manifestantes en la Marcha por el Clima de Madrid, el 6 de diciembre de 2019.

Manifestantes en la Marcha por el Clima de Madrid, el 6 de diciembre de 2019. / ACN

¿Entonces no fue un sueño? Entre la incertidumbre con que hemos dicho adiós al amargo 2020 y las complicaciones con las que empieza 2021, quizás no estemos dando trascendencia a una buena noticia: que en este invierno gélido, el presidente estadounidense Joe Biden, como Ilsa y Rick en la película 'Casablanca', ha recuperado París. Y esta vez no para dos amantes sino para el mundo. 

La vuelta de Estados Unidos al Acuerdo de París significa que, por primera vez, las tres grandes regiones desarrolladas del planeta, Europa, el norte de América y el este de Asia, están firmemente alineadas en un objetivo común: parar el cambio climático, cambiando las energías que nos dan luz y calor o que hacen posible el comercio. Los fracasos hasta hoy habían sido incontables. Desde 1997, cuando se negoció el protocolo de Kioto, la gravedad del problema era evidente: entonces, sin embargo, se cayó Estados Unidos de la ratificación, y a China ni se la esperaba. En 2009, durante la cumbre de Copenhague, Obama consiguió sumar a su país, pero falló China. Y cuando en 2015 se consiguió lo imposible, sumar a China y a India al Acuerdo de París, la dicha fue breve: en 2016 Trump se retiraba de cualquier compromiso. 

Así que 2021 es el primer año en el que los futuros convergen. El corazón de una Europa unida contribuirá con bienes de equipo y estructura industrial, y la experiencia institucional en políticas como la regulación de mercados del dióxido de carbono. Asia, esencial y central, aporta la fuerza productiva de la revolución digital y el mayor mercado de trabajo y consumo del planeta. Estados Unidos está en condiciones de poner su sistema financiero, su poder tecnológico y el dinamismo de su sociedad al servicio de una gran historia colectiva.

No existen garantías de que todo ello sea suficiente para lograr detener el calentamiento global. Pero es una condición necesaria que, por fin, tras tantos intentos vanos, se cumple en 2021.

Quizás por ello sea momento de abordar abiertamente la relación entre la cuestión climática y una cuestión aún más central de nuestro tiempo: la desigualdad económica a escala planetaria, que es la raíz de las migraciones masivas. La cuestión climática puede servir de modelo a otras luchas porque tiene un plan de acción definido y porque supone, de algún modo, un nuevo comienzo para la economía mundial.

No queremos que las guerras y la corrupción del petróleo se reproduzcan en otras por los minerales clave de la transición energética

Es cierto que la transición energética no va a solucionar por sí sola la diferencia entre regiones del planeta en recursos naturales, mecanización de la producción y capital democrático. Ni va a deshacer la historia del siglo XX. Pero permite plantear desde el principio la ética en las relaciones entre países. Para hablar de lo central: si poco a poco baterías y motores eléctricos van a sustituir al motor de combustión, no queremos que las guerras y la corrupción del petróleo se reproduzcan en otras por los minerales clave de la transición energética. A pesar de que las materias primas de la transición energética están más repartidas geográficamente que el petróleo, la tendencia del sistema económico es explotar al máximo los yacimientos más ricos y, si hace falta, controlarlos mirando para otro lado a través de intermediarios y hombres fuertes locales. 

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Enfrentarse a esto, que puede antojarse voluntarista, es real. Ya ha comenzado. Las multinacionales están asimilando que un escándalo ético tiene la dimensión de un riesgo financiero y puede destruirlas, tanto como una catástrofe natural. La Unión Europea está planteando una normativa de auditoría ambiental y derechos humanos que se haga tan imprescindible en cualquier empresa como lo es hoy una auditoría contable. Fabricantes de automóviles han anunciado medidas para monitorizar electrónicamente la logística del cobalto, clave para las baterías, procedente del África subsahariana, bajo la alternativa de renunciar a su compra. En otras palabras: aunque las ingentes nuevas inversiones que demanda la cuestión climática no van a alterar las injusticias estructurales, sí pueden servir de proyectos piloto significativos, cuyas lecciones se vayan integrando en la economía mundial.

Si el Acuerdo de París no fue un sueño, entonces no ha de serlo que los países de la Tierra sigan acordando principios para un siglo XXI más ético en la creación de riqueza