La nota

Teresa Juvé, 100 años

La viuda de Josep Pallach vive en Esclanyà y escribe novelas policiacas sobre la Catalunya del siglo XVI

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Teresa Juvé.

Teresa Juvé. / Joan Cortadellas

Teresa Juvé acaba de cumplir 100 años y el domingo recibió en Palafrugell un cálido homenaje organizado por Josep Maria Soler, presidente de la Fundació Josep Pallach, y Jordi Ferrando, su editor.

Vivir 100 años ya no es algo insólito, solo poco frecuente. Pero cumplirlos en plena lucidez mental, siguiendo la actualidad en internet y con una obra literaria, sí que es excepcional. Desde 1977, tras la muerte de su marido Josep Pallach, Teresa Juvé vive en la minúscula localidad de Esclanyà, entre Palafrugell y Begur, y ha publicado más de una veintena de novelas, la última este mismo año con el provocador título de ‘El degollador de Vallvidrera’. Escribe novelas policiacas que transcurren en la Catalunya del siglo XVI, la de los virreyes de Felipe II, el bandolerismo, los hugonotes y la temida Inquisición. Se trata de una época que conoce bien, pues en Toulouse fue profesora de literatura occitana. Sus novelas narran una trama concreta ya que, como ha dicho a Albert Soler en el ‘Diari de Girona’: “Evito demasiadas referencias históricas como hacen libros con más páginas; si algún lector quiere saber más, puede recurrir a otros medios como el ordenador”.

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Su interés por la novela viene de lejos. Ya en el exilio, en 1963, fue finalista del Premio Nadal con una novela sobre las mujeres refugiadas en Francia tras la guerra civil, publicada muchos años después con el título de ‘L´aiguamort a la ciutat’. La vida de Teresa Juvé es un testimonio de lo más duro del siglo XX. Nacida en Madrid, de padre catalán y madre madrileña, estudió en la progresista Institución Libre de Enseñanza. Trasladada a Barcelona en 1935, lo hace en el Institut Ausiàs March, donde tiene de profesor (admirado) a Jaume Vicens Vives.

En 1939 (18 años) marcha al exilio en circunstancias y condiciones que la hacen ironizar amargamente sobre “el exilio de Puigdemont”. Del 36 al 45, padece el horror de la guerra civil, el exilio y la guerra mundial. Y en Toulouse colabora con la resistencia francesa. Acabada la guerra mundial se casa con Josep Pallach en 1949. Pallach es ya entonces unos de los dirigentes del Moviment Socialista de Catalunya (MSC), el tronco principal del que luego, no sin duras y agrias disensiones, nacerá en la transición el PSC. Y Teresa Juvé empieza, a primeros de los 50, a volver a España para “llevar papeles a amigos del interior”.

Duro exilio

El exilio es duro, prolongado. Pallach no puede volver a Catalunya hasta 1970 y se incorpora a la UAB de la mano de Francesc Noy. La hija de ambos, Antonia, proseguirá su vida en Francia con breves estancias en Catalunya. No fue una vida fácil y en enero del 77 Josep Pallach, que preparaba con ilusión las primeras elecciones democráticas, falleció de un ataque al corazón. Fue un golpe cruel. Teresa Juvé siguió. Escribiendo.

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Y todavía enjuicia, con mirada inteligente y algo escéptica, lo que sucede. Cuando Albert Soler le pregunta por qué se ha perdido la fraternidad entre los catalanes y el resto de españoles, sonríe y no duda: “Por culpa de los idiotas”. ¿Quiénes? “Los que quieren una unidad total”. Es federalista.

Han pasado muchos años desde la guerra civil y la derrota nazi de 1945. La Constitución del 78 es ya una vieja dama y sobre el mundo planean oscuras sombras. La vida de Teresa Juve –que dice haber sido feliz y a la que reconforta una copa de whisky al atardecer– indica que es totalmente falso aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Aunque… quizá porque vive sola, no en una residencia, aún espera la vacuna.