LA GRANDEZA DE TOM BRADY

Rugimos, corremos, cazamos, comemos

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Patrick Mohomes, estrella de Kansas City, yace sobre el césped, víctima de la defensa de Tampa.

Patrick Mohomes, estrella de Kansas City, yace sobre el césped, víctima de la defensa de Tampa.

Bucanero: Pirata que, en los siglos XVII y XVIII, se dedicaba a asaltar y robar las posesiones españolas en América. El jefe de los bucaneros de Tampa, que jugaban la Super Bowl en casa, ante su público, no es otro que el veterano Tom Brady, que conquistó su séptimo anillo y ya están escribiendo si es más grande que Muhammad Ali y/o Michael Jordan.

Una cosa está clara: los 43 años del esposo de Gisele Bündchen (“ya somos campeones para siempre”, dijo la modelo brasileña) no fueron un obstáculo para que el hombre que cambió de equipo buscando nuevos retos, cosa típica del que está harto de ganar con el mismo equipo (esperemos que Leo Messi no esté en ello, por favor) se merendó y cenó al jovencito que, dicen, le sustituirá en la lista de proezas.

Mahomes, por los suelos

El caso es que el jovencísimo Patrick Mahomes, de 25 años, que había arrasado con todo a lo largo de los dos últimos años ¡con todo!, fue víctima de la mejor defensa de la temporada. Esos hombres grandes, fornidos, de piedra, le hicieron el trabajo más sencillo a Brady, pues impidieron que Mahomes encontrara pases, sacase su poderoso brazo de beisbolista a pasear y fue el arco soñado que lanzase a sus flechas sobre el campo rival. Mahomes vivió más en el suelo que de pie.

Todo empezó cuando, antes de iniciar la primera defensa, los hombres gigantes de Tampa se reunieron en el centro del inmenso Raymond James Stadium y alguien, posiblemente el más grandote de todos ellos, gritó desaforadamente, más como una orden que como una petición, “¡rugimos! ¡corremos! ¡cazamos! ¡comemos!”

Tal cual, dicho y hecho. Mahomes jamás fue Mahones. “Hicieron un partido increíble”, reconoció la joven estrella de Kansas City. “Fueron tan buenos en defensa como en ataque. No fue la forma que preparamos para ganar, no, pero volveremos”. Brady, que celebró su séptimo título junto a toda su familia sobre el césped del estadio de Tampa, abrazó, besó y se paseó con John, Benjamin y Vivian, sus tres hijos por el césped.

Leo Messi, el otro bucanero

Ciertamente fue, de nuevo, su noche, como la fue la de sus dos amigos, Rob Gronkowski y Leonard Fournette, que también jugaban su primera temporada en Tampa y, por tanto, demostraron que los tres se han convertido en tres tremendos aciertos de los jefes de Tampa. Pero, insisto, el éxito de los Bucaneros no estuvo solo en el brillo de Brady (tres pases de anotación) sino en que la defensa local rugió, corrió, cazó y se comió al joven de Mahomes.

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Fue una noche en la que el fútbol americano homenajeó al gran deportista que es Brady, a su icono, a su mito. Y lo hizo en vivo y en directo, en una finalísima, en una Super Bowl y, además, le llevó el partido, la final y el homenaje a su casa, a su estadio. Fue, más o menos, lo mismo que hizo el bueno de Diego Martínez, técnico del Granada, cuando, el día antes de enfrentarse al Barça de Leo Messi en la eliminatoria de Copa, dijo “no esperemos a que Leo no esté para dedicarle todo el cariño y la admiración por todo lo que nos ha dado como deportista”.

Brady, en su nueva juventud, fue el centro de la gran fiesta del deporte norteamericano. Y lo fue con 43 años, como Messi lo fue, anoche, en el resurgir del Barça en el Benito Villamarin. Apareció Messi, se iluminó (aún más) el estadio, los chicos se pusieron a correr, marcó al instante y, al final, un nuevo triunfo del jefe, otro bucanero cuando se trata de asaltar el botín del rival.