Adiós, yaya

Esta soledad no es justa, despedirnos a través de unos guantes y una mascarilla, haber pasado casi un año sin vernos

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Personal sanitario atendiendo a un paciente ingresado en la uci para enfermos de coronavirus del Hospital Universitari Josep Trueta de Girona.

Personal sanitario atendiendo a un paciente ingresado en la uci para enfermos de coronavirus del Hospital Universitari Josep Trueta de Girona. / Glòria Sánchez / Europa Press

Me resulta muy duro pensar que mi abuela no leerá esto, ella que siempre lo leía todo, unas ganas presentes en las mujeres de aquella parte de la familia. Su madre, que era de Sant Quirze Safaja, aprendió a leer sola porque nunca fue al colegio. Mi abuela sí que tuvo la suerte de aprender de letra, como decía ella. Hace poco nos enseñó con orgullo un mapa que había pintado cuando era pequeña, con los ríos pintados de azul y el nombre escrito a plumilla. Y cómo leía, en su casa siempre había libros apilados en su silla de hacer costura. Y abrías un armario y estaba lleno de más libros. Cuando me llamaba me contaba qué leía, qué le gustaba (las hermanas Brontë, Wilkie Collins, Víctor Català), y mi tíoy yo le llevábamos libros.

Hacía tanto tiempo que no le cogía la mano. Con la pandemia iba a verla de vez en cuando. Nos saludábamos cada una a un lado de la portezuela del jardín, y yo añoraba ir a comer y quedarme con ella todo el rato que quisiera, que me contara historias. Tenía muchas, eran cosas que le habían pasado, pero los contaba como si fueran cuentos y solo si se lo pedías.

Cuando éramos pequeños, ir a su casa era una fiesta. Jugábamos debajo de la escalera y abríamos un armario lleno de libros y cómics antiguos de mi padre, y la abuela nos dejaba darle de comer a Missi, un montón de cabezas de sardina en un plato. Nunca queríamos irnos. Aún sueño que corro arriba y abajo por la casa, niña de nuevo, las baldosas calientes del patio bajo los pies y después el frescor del suelo de la cocina.

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Pero quiero recordarla como era. Menuda, con unos ojos grandes y azules como dos lagos. Hacía el mejor caldo del mundo. No se enfadaba nunca. Plantaba flores y después regalaba los esquejes. Enseñó a tejer a mi hermano. Y leía, leía, leía, sin que nadie pudiera detenerla.

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