Elecciones del 14-F

Abstención al galope y 'posprocés'

SI la participación el 14-F ronda de nuevo el histórico 60%, y más aún si queda por debajo, se hará evidente que el 'procés' se acabó hace tres años

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Un votante deposita la papeleta en la urna.

Un votante deposita la papeleta en la urna. / ELISENDA PONS

Tal vez los profesionales de la demoscopia no preguntan lo suficiente sobre las ganas de votar. Quizá se da demasiado por entendido que la gran masa de los indecisos votará. Es muy posible que los récords de participación de las últimas convocatorias en el Parlament nos lleven por un camino de suposiciones optimistas en exceso. Con pandemia o sin ella, la apatía ciudadana se vuelve más evidente cuanto más avanza la campaña. No se puede medir hasta dónde llega la sensación de que, esta vez, los políticos se juegan mucho más que la sociedad. No se puede saber la extensión real del desinterés y sus consecuencias, pero salta a la vista que se propaga. Solo se salvan, nos salvamos, los menos proclives a desconectar del entorno, los que todavía consideran que todo lo que es público, colectivo, en definitiva, político, afecta a sus vidas de manera palpable, efectiva, perfectamente demostrable.

Dejando de lado los sesgos, interesados o involuntarios, necesitaremos recordar que los sondeos detectan sobre todo variaciones, no novedades, oscilaciones y no terremotos, y menos aún movimientos tectónicos. Ahí está su punto débil. Si contemplamos el histórico de participación en las 13 elecciones autonómicas de la transición a esta parte, observaremos que, tras una larga y plácida etapa en la que a penas se superaba el 60%, e incluso bajaba alguna vez hacia el 55%, de pronto, en 2012, dio un salto espectacular, y en 2015 un brinco aún más considerable hasta rozar el 75%. Todavía más, cuando parecía que aquel 75% de 2015 era insuperable, pues en 2017 aún se encaramó cuatro puntos, hasta poco más allá del 79%. Es mucho, muchísimo. Una auténtica y masiva movilización social para un país que se encuentra en la banda alta mundial del abstencionismo. En 2017 la ciudadanía acudía en masa a las urnas porque era consciente de lo que se jugaba, y si ahora no marcha hacia ellas es porque sabe muy bien lo que no se juega.

Andamos todavía muy lejos de las democracias donde todo el mundo considera que votar, más que un derecho, es un deber ineludible de ciudadanía, por lo que en ellas la participación supera el 80% y hasta el 90% sin que votar sea una obligación legal como en Bélgica o los Países Bajos. Así, para situaciones como la nuestra, con un fuerte desinterés permanente por la política, la mayor movilización electoral proviene de la movilización ciudadana. El 'procés' es el único factor que explica los saltos mencionados en las últimas convocatorias. Una mayor agitación ante una perspectiva de cambio se traduce en más participación, a favor o en contra de la independencia. Y viceversa, la caída de la participación se convertirá en el dato más elocuente sobre la situación real, veremos hasta qué punto encalmada, de la sociedad. La circunstancia covid cuenta poco, como hemos visto en Portugal, o sea que cuanto más alta la abstención, más metros de tierra sobre las expectativas reales de cambio. En otras palabras, la gente se lanzó sobre las urnas o bien porque esperaba o bien porque temía que pasara algo de enorme importancia, y si ahora se queda en casa en un porcentaje muy significativo es porque ya no lo espera ni lo teme. Así pues, el retorno a la normalidad no dependerá tanto de quién gobierne como del alcance de la apatía traducido en porcentaje de abstención. La vida es ondulante. Tras las subidas vienen las bajadas. Después de las euforias, las resacas.

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Si la participación el 14-F ronda de nuevo el histórico 60%, y aún más si se queda por debajo como muy bien podría ser, se hará evidente para aquellos que aún no se han dado cuenta que el 'procés' se acabó hace tres años. Ahora estamos a punto de iniciar la segunda legislatura del 'posprocés'. Y aunque la participación vuelva a ser más o menos diferencial, como fuera habitual en épocas pasadas, y ello propiciara por fin la superación de la barrera del 50% de voto independentista, la pérdida neta de apoyo debería bastar para contrapesar las euforias, cada vez más irreales, más fingidas, de los que aún predican que la independencia está muy cerca.

Los candidatos harían bien en proporcionar, no tanto argumentos para votarles, sino razones para salir de casa el 14-F a fin de responder y contrarrestar con decisión, valor y ganas la llamada amortiguada de las urnas.